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miércoles, 2 de diciembre de 2020

011 - Hechos - Empieza Diciembre

Es complicado decir que este ha sido el peor de los años que recuerdo. Sin duda es el más raro. Y no termina. Y sigue.

No quiero que se acabe sin hacer algunas cosas antes; ya que no hubo viajes, ni muchas idas a trabajar, ni actividades extraordinarias. Solo estar en casa, trabajar a distancia y tratar de mantener la salud. Y, como me niego a dejarlo terminar así, anónimamente, quiero que quede constancia de algunos pequeños eventos de este mes: el último.

Es un mes que termina siempre con las fiestas: Navidad y Año Nuevo. Muchas personas no sienten que sean importantes, ni que sean nada. Pienso que es un poco de temor a enfrentarse con la soledad. Y lo digo precisamente porque siempre han sido para mí sinónimo de familia y reunión y al paso de los años la familia de hace más chica y las reuniones infrecuentes.

Entonces, empecé con una pequeña obra de artesanía para adornar con estilo navideño, solo para mí, ya que no habrá reuniones en casa. Rescaté unas tablas de madera prensada que tenía dando vueltas. Estuve mirando en internet y con restos de materiales desperdigados por la casa hice tres imágenes iguales con un esténcil casero. Y me gusta el resultado. Vienen sin reflexión y sin consejos. Creo que no saco ninguna conclusión de esta tarea cumplida. No recomiendo imitarme ni hago apología de las bondades de los trabajos manuales.



Estos últimos años se han sentido solitarios, si bien ir a trabajar me ha permitido pasar por alto el hecho de que acá estoy, y de que los demás están por ahí. Así que estos arbolitos que no tienen nada de vegetal y sí mucho de cinta están de acuerdo conmigo. 

lunes, 20 de julio de 2020

001 - Hechos - Cosas que también se aprenden en la escuela


Tenía 11 años, la familia entera se había mudado dos años antes. Después de cursar todo quinto grado en una escuela nueva, había empezado sexto en otra que me gustaba mucho. Era costumbre que los estudiantes les lleváramos regalitos a las maestras en su día, cada 11 de septiembre. Y era muy habitual que mi mamá no se acordara de comprarlos y que ese día, cuando tuviésemos que pasar al escritorio a entregarlo, le dijésemos a la maestra que, por ese olvido, se lo llevaríamos al día siguiente. Cosa que tampoco sucedía.
Entonces, ese año, nuestra vecina, Nedi, me dijo que ella ya sabía qué podía llevarles de regalo a mis dos maestras, las señoritas de lengua y de matemáticas. Se trataba de un adorno que requería mucho tiempo de preparación, que iba a quedar precioso y que iba a exigir toda mi habilidad.
Lo describió así: - Una nube de cartulina amarilla con el nombre de la maestra, de ella cuelgan tres hilos dorados en los que se van disponiendo nubes pequeñas, cada una con el nombre de un compañero de grado. Debe estar la lista completa. Ahora, tanto la nube más grande como cada una de las 32 o 33 pequeñas llevan un borde de pequeños discos de papel dorado cortados con una perforadora y pegados a mano con cola vinílica.  

    

Como no vivía cerca ni de la escuela ni de otros compañeros, iba a tener que confeccionarlos por mí misma.
Me llevó unos dos meses completar las dos manualidades. Todas las tardes me sentaba un rato a pegar discos dorados alrededor de cada pieza de las obras, acomodándolos, uno por uno, con un palillo. Recortar las más de 60 piezas totales, perforarlas prolijamente, escribir los nombres a mano y sin errores y armar las dos versiones finales, no fueron pasos simples. En aquel entonces fue una tarea titánica para mis manos poco expertas. Y el resultado quedó muy lindo de ver. Ahora pienso que eran de otra época, ya en ese lejano 1984, eran unas antigüedades.
Y llegó el día del maestro. En distintas horas de esa mañana tuve oportunidad de entregar mis regalos, seguramente convencida de qué, por haberme dado tanto trabajo, iban a causar una gran admiración.
La señorita Estela, de lengua, quedó desconcertada, sin saber muy bien ni qué era, ni para qué podía servir. La señorita Marta, de matemáticas, entendió rápido que los nombres hacían de la cosa esa una representación de todo el grado y por eso dejó el suyo colgado en la puerta del armario atrás de su escritorio y a la vista de todos. Quedó ahí, y muchas veces me pregunté sí, acabado aquel año, se lo habría llevado a su casa, o lo habría tirado a la basura. Nunca me animé a hacer suposiciones con el otro.
Aunque terminar un proyecto tan exigente se sintió como un logro importante, descubrí que ya no se valoraba mucho ese sacrificio de hormiga. Es un recuerdo agradable pero inolvidable también.