Contar con palabras
lunes, 26 de diciembre de 2022
016 – Reflexiones de este año 2022
jueves, 28 de abril de 2022
015 – Hechos – Los inesperados inconvenientes de trasladar muebles
Una de las primeras dificultades horribles que me encontré cuando me fui a vivir sola fue un corte de luz en plena tormenta de lluvia, granizo, rayos y truenos en una nochecita calurosa del 2009. Pero el corte de luz era solo mío. En mi casita no había afuera un interruptor eléctrico sino un mecanismo primitivo: tapones. Veo que me voy del tema contando un cuento distinto. Regreso al título.
Hace poco, mayo del año 2021, se me ocurrió pintar la casa por primera vez en años. Parece simple una vez elegidos los colores, comprados los materiales, conseguida la escalera – una grande y alta – y encontrado el tiempo que se destinará a pintar. Excepto que una primera pintura – la primera después de la pintada original que trajo la casa trece años atrás – requiere que antes de empezar se realice ciento tratamiento sobre paredes y cielorraso. El tratamiento es lijar y dar una mano de sellador. Mi casa tiene techos altos y por esto me encontré rodeada de superficies enormes de las que tenía que ocuparme, por lo que largas horas se fueron todas en lijar y en mover la escalera y asegurarla cada vez para evitar accidentes graves.
Además, la casa es chica, y en trece años se juntaron muebles que se usan y otras cosas que habría que tirar. Como no hay habitaciones alternativas adonde desplazar muebles y bultos, la solución es ir moviendo todo alrededor de la habitación tratando de no pintar objetos en el proceso.
En lo descripto y en mil inconvenientes más, el tiempo se fue gastando y el momento de destapar los tarros de pintura no llegaba nunca. Otra vez me fui por la tangente. Regreso otra vez.
Dije Mover Muebles. En general, incluso tratándose de muebles grandes y pesados, con algo de logística y de paciencia se consigue empujarlos hasta su nueva y temporal aunque extendida localización. Sin embargo, uno de ellos desafía la capacidad de una sola persona. Es un aparador, sirve para guardar platos, tazas y también lo uso como despensa. La dificultad estriba en que es grande y consta de dos piezas, una apoyada encima de la otra. Todo el conjunto construido en madera de algarrobo, conocida por su peso nada despreciable. La parte de arriba no puede separarse con la fuerza de solo dos brazos, se necesita por lo menos un segundo par. Claramente el armatoste no puede empujarse sin que la parte superior se balancee y caiga encima de alguien o se destruya contra el piso.
El domingo en cuestión el barrio amaneció vacío. Imposible dar con un vecino solidario que pudiera dar una mano a un horario aleatorio. Es decir: después de vaciar el mueble y correr innumerables obstáculos del espacio adonde quería acomodarlo. Por lo tanto tuve que hacer todos los pasos sola, hasta que llegó el instante decisivo de correr el aparador.
Sin gente disponible y con todo el contenido desparramado sobre una mesa y varias sillas no tenía más opción que encontrar la manera de desplazarlo. Recurrí a dos banquetas altas sobre las que deslicé la parte superior separándola del resto. Empujé fácilmente la pieza inferior hasta el rincón adonde le tocaba quedarse y después fui empujando y deslizando alternadamente las banquetas hasta acercarlas al mueble.
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| Traslado feliz, falta llenar todo de nuevo |
Una vez rearmado rellené el mueble con todo los elementos que ya antes guardaba allí. Todo el trabajo pesado no solo exigió esfuerzo físico sino también razonar y plantear simulaciones mentales, como bien sabe cualquiera que haya lidiado con renovaciones de casas y con mudanzas.
La actividad acabó ocupando el día entero, si bien hice unas cuantas pausas entre medio. Algunos muebles exigen compañía. Y a veces se puede conseguir la ayuda, aunque otras no. Aviso: No trae enseñanzas este cuento, ni es la intención que aprendamos algo.
miércoles, 1 de diciembre de 2021
014 – Hechos – Fotos Dos
No me considero ni fotógrafa, ni mucho menos buena. Me encanta sacar fotos y me gusta, de vez en cuando, obtener alguna que me agrade volver a mirar. Cuando escribí que seguramente he acumulado unas veinte mil, no quise decir que formen un archivo. No es una biblioteca, sino una reunión aleatoria. Muchas están borrosas, o movidas, y oscuras.
Como objetivos frecuentes están las flores y los árboles. Los admiro en el paisaje y me surge el impulso de llevármelos como imagen.
He sacado muchísimas viajando, paseando por la ciudad, y caminando de ida y vuelta al trabajo. Desde arriba del colectivo, y mirando desde algún puente, aún cuando no es tan frecuente. Si cruzara puentes más seguido, tendría incontables fotos de esos momentos.
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| Caminando - 2021 |
Otro placer es mirar edificios e iglesias. Esas paredes bañadas por el sol. Esas cúpulas, cuando las hay, esos techos, esos ladrillos, esas piedras. Las rejas adornadas en tantos estilos. Las escaleras, las barandas, las ventanas.
Soy la típica persona que adonde va, saca fotos. Y eso forma parte de disfrutar el lugar. Muchos prefieren concentrarse en absorber el momento, la belleza desplegada ante sus ojos, sin interrumpirla con la tarea de apuntar, enfocar, encuadrar. Me pasa al revés, siento que miro mejor al querer recortar un fragmento de lo que me deslumbra, o sorprende, o emociona.
También, como tantos, fotografío comida. Lo hago como se saca cualquier otra foto, y quizás con algo de carácter documental. Si cociné algo por primera vez, quiero un registro para el futuro, para acordarme de hacer lo mismo de nuevo con solo ver el recuerdo. Así he redescubierto un budín de naranja y chocolate con nueces encima, o unos ravioles fritos, o unas empanadas caseras.
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| Empanadas y ravioles fritos - 2021 |
miércoles, 17 de noviembre de 2021
013 – Hechos – Fotos
Me encantan las fotos, y sacar fotos. Desde chica supe que era un arte, me lo dijo alguien. Encima, las fotos se sacaban de a una o dos en días especiales – algún cumpleaños, alguna visita, un paseo – y se revelaban meses después. Revelar fotos era caro y en casa no teníamos cámara. Unos tíos le prestaban la suya a mi papá de tanto en tanto.
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| Centro de Córdoba - 2018 |
Siendo ya bastante grande, tuve una camarita panorámica con rollo, muy elemental. Y mucho después, mi primera cámara digital, nada sofisticada. Ahora, desde hace años, cámara en el teléfono.
Desde chica vi que sacar fotos era un arte, y que una foto de un cumpleaños, o de un casamiento, o de una tarde a la orilla de un río transmitía algo de aquella situación siempre que a los protagonistas no se les cortara la cabeza, o si los ojos no les quedaban rojos, o si estaban cómodos y naturales en el espacio disponible dentro del encuadre.
| Jardín Botánico - quizás 2005 |
En casa nos gustaba mucho mirar fotos familiares viejas, en blanco y negro, impresas y colocadas individualmente en libritos de cartulina gruesa con firuletes bonitos por fuera y una hoja de papel de arroz protegiendo la superficie de la foto. Mi mamá nos iba señalando cada uno de todos esos parientes desconocidos por lejanos y por muertos. Que la abuela de su abuelo, que los hermanos varones de la madre de su abuela, que la hija mayor de un primo hermano de su mamá. Y muchas veces se acordaba de los pueblos perdidos en donde habían vivido. Hasta nos inmovilizábamos frente a la foto de un nene fallecido en una cama muchas décadas antes, lo había pateado un caballo.
Las fotos buenas cuentan historias. Las caseras muestran momentos y hay que recordar la historia. Las fotos de viajes son para el viajero, así puede acordarse del sol brillando en la baranda de un puente, y de la guirnalda de notas musicales que adornaba el ingreso a una feria de verano, y también de las voces de los vendedores de cerveza y de toallones con mandalas en una playa de arena caliente.
He sacado miles de fotos, decenas de miles. No se si tendré veinte mil fotos digitales guardadas, o más, y difícilmente menos. Pero hace poco supe algo de fotografía más allá de algún consejo oído o leído al azar. No es que ahora sepa, lo que ahora sé es lo mucho que hay para saber. Y todavía estoy interesada.
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| Visto desde la ventana del Hospital de Clínicas - 2019 |
domingo, 20 de diciembre de 2020
012 – Hechos – Receta repetida
Ayer nomás fui a visitar a una amiga. Una de las casi únicas visitas del año. En persona nada desde marzo, por eso fue una gran alegría. Cuestión que almorzamos pollo con papas fritas y para la merienda un budín de peras que preparé esa misma mañana y para beber una limonada con menta y jengibre, obra de mi amiga. Todo estuvo perfecto. Para el regreso a casa traía de vuelta una mermelada casera de naranjas y dos plantitas que estaban reservadas para mí. Cuando ya esperaba el colectivo para volver ella me pidió la receta así que hace un rato la escribí y se la envié.
También
aquí quiero dejar la receta. No tiene nada original, pero un día alguien podría
preguntarse que tipo de recetas cocinaba y me gustaría que hubiera alguna
respuesta. Esto porque vivimos unas vidas muy anónimas donde además se nos
incentiva a que hagamos cosas que nos gusten por nosotros y para nosotros, y que
las disfrutemos sin esmerarnos por nadie más. A mí ese mensaje tan superador me
confirma siempre el desinterés de muchos por los intereses individuales ajenos.
Claro que hay muchos otros – amigos y familiares principalmente – que si manifiestan
curiosidad por saber qué y cómo hicimos. Afortunadamente esas personas existen
y te piden la receta, quieren ver cómo te quedó la artesanía, piden direcciones
para conseguir materiales o ingredientes y hasta aceptan que se les muestren
todas las fotos de aquel viaje. Y en compensación, muestran sus obras,
comparten sus logros, te cuentan sus paseos y te convidan exquisiteces
preparadas para ellos y para los demás.
Quién sabe, un día lejano, uno de ellos recuerda y quiere recuperar el sabor de una merienda que compartimos.
miércoles, 2 de diciembre de 2020
011 - Hechos - Empieza Diciembre
Es complicado decir que este ha sido el peor de los años que recuerdo. Sin duda es el más raro. Y no termina. Y sigue.
No quiero que se acabe sin hacer algunas cosas antes; ya que no hubo viajes, ni muchas idas a trabajar, ni actividades extraordinarias. Solo estar en casa, trabajar a distancia y tratar de mantener la salud. Y, como me niego a dejarlo terminar así, anónimamente, quiero que quede constancia de algunos pequeños eventos de este mes: el último.
Es un mes que termina siempre con las fiestas: Navidad y Año Nuevo. Muchas personas no sienten que sean importantes, ni que sean nada. Pienso que es un poco de temor a enfrentarse con la soledad. Y lo digo precisamente porque siempre han sido para mí sinónimo de familia y reunión y al paso de los años la familia de hace más chica y las reuniones infrecuentes.
Entonces, empecé con una pequeña obra de artesanía para adornar con estilo navideño, solo para mí, ya que no habrá reuniones en casa. Rescaté unas tablas de madera prensada que tenía dando vueltas. Estuve mirando en internet y con restos de materiales desperdigados por la casa hice tres imágenes iguales con un esténcil casero. Y me gusta el resultado. Vienen sin reflexión y sin consejos. Creo que no saco ninguna conclusión de esta tarea cumplida. No recomiendo imitarme ni hago apología de las bondades de los trabajos manuales.
Estos últimos años se han sentido solitarios, si bien ir a trabajar me ha permitido pasar por alto el hecho de que acá estoy, y de que los demás están por ahí. Así que estos arbolitos que no tienen nada de vegetal y sí mucho de cinta están de acuerdo conmigo.
viernes, 14 de agosto de 2020
010 – Hechos – Rosas y rosales
Años antes de ir a vivir a mi casita ya conseguí podas de unos rosales muy lindos de una vecina de la casa de mi mamá. Las puse en agua un tiempo y las ramitas que prendieron pasaron después a dos macetas, adonde esperaron años hasta encontrar su lugar definitivo en el jardín.
Además,
paseando por el Jardín Botánico de la ciudad de Córdoba me sorprendí admirando
un rosal con incontables rosas blancas, bastante sencillas. Había un cartel que
decía: Rosa Iceberg. Con esa información pregunté en un invernadero y descubrí
que tenían, por lo que compré una planta que también está ahora en mi jardín.
Y, en 2009 fui a la ciudad de Salta y me encontré caminando en una avenida con
rosales iceberg enormes en el cantero del medio, una belleza absoluta.
En
casa no tengo ningún jardín maravilloso. Deja mucho que desear en realidad y no
siempre está cuidado o libre de hojas secas, pasto amarillo y plantas no
bienvenidas y con espinas. Pero los rosales son una fuente de rosas casi todo
el año, con sus épocas de esplendor: en octubre cerca del día de la madre y
otra vez en otoño. Y la rosa iceberg ha tenido oportunidad de lucir tantas
flores juntas algunas veces como para detener a los transeúntes en la vereda.
Aunque en este momento no es una planta muy linda. Hay años y años.













