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lunes, 26 de diciembre de 2022

016 – Reflexiones de este año 2022

Quiero recordar que - las hormigas se comieron mis rosales muchas veces – el vecino se para detrás de su puerta a esperar que los perros pasen por su vereda y así salir a correrlos – las olas de calor son cada vez más agobiantes – mi sobrina es cariñosa y tiene el impulso de abrazar además de sonreír y estar alegre – viajé a conocer Jujuy y Salta con mi tía y un grupo en colectivo, fueron cuatro días de cerros y alturas y paisajes hermosos – en el viaje la tía, muy feliz de ayudar, estuvo midiendo la presión y la oxigenación de sus compañeros de alturas cuando estos lo necesitaron – una noche invernal fuimos con mi hermana a comer comida Tailandesa a Güemes – mi hermana realizó su retrasado viaje a España, Alemania, Francia y algo más – durante unos meses asistí a un taller de telar y tejido que disfruté un montón – ví cómo una lupa que era para el laboratorio de una compañera se reubicaba en una sala de uso común porque era “demasiado para ella” y todavía se iba a llenar de polvo en ese espacio – en enero me robaron, casi en la puerta de casa: cartera, celular, llaves, anteojos y documentos, un desastre – hice una visita guiada a la Academia Nacional de Ciencias, con la secretaria del lugar de guía – en mayo se hizo el censo en Argentina, que venía retrasado desde el 2020 por la pandemia – Hernán quedó colgando, con los pies balanceándose, sobre el borde de un pozo negro abierto, en el jardín de un paciente que se llevaban a la ambulancia; la profundidad era de 9 o 10 metros y no se despeñó por reflejos y suerte - conocí el reactor nuclear RA-0 en una visita espontánea que salió muy bien, y pudimos ver todo por dentro – leí Lavinia, de Úrsula Le Guinn – vi de casualidad una muestra de arte indígena australiano que me gustó, no era enorme, pero sí muy linda – una la nena le cuenta a su mamá (ambas sentadas en el asiento de al lado en el colectivo una tarde de noviembre) que ya se sabe el himno, y, claro, nítido y muy bajito, las dos lo cantan completo a viva voz al lado mío. Música y letra y coros y hasta alguna percusión. Voces suaves y muy afinadas. Maravilloso. No me fijé en la reacción de los demás pasajeros. Bien pudo ser un sueño. La experiencia tuvo su borde onírico.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

014 – Hechos – Fotos Dos

 No me considero ni fotógrafa, ni mucho menos buena. Me encanta sacar fotos y me gusta, de vez en cuando, obtener alguna que me agrade volver a mirar. Cuando escribí que seguramente he acumulado unas veinte mil, no quise decir que formen un archivo. No es una biblioteca, sino una reunión aleatoria. Muchas están borrosas, o movidas, y oscuras.

Como objetivos frecuentes están las flores y los árboles. Los admiro en el paisaje y me surge el impulso de llevármelos como imagen.

He sacado muchísimas viajando, paseando por la ciudad, y caminando de ida y vuelta al trabajo. Desde arriba del colectivo, y mirando desde algún puente, aún cuando no es tan frecuente. Si cruzara puentes más seguido, tendría incontables fotos de esos momentos.

Caminando - 2021

Otro placer es mirar edificios e iglesias. Esas paredes bañadas por el sol. Esas cúpulas, cuando las hay, esos techos, esos ladrillos, esas piedras. Las rejas adornadas en tantos estilos. Las escaleras, las barandas, las ventanas.

Soy la típica persona que adonde va, saca fotos. Y eso forma parte de disfrutar el lugar. Muchos prefieren concentrarse en absorber el momento, la belleza desplegada ante sus ojos, sin interrumpirla con la tarea de apuntar, enfocar, encuadrar. Me pasa al revés, siento que miro mejor al querer recortar un fragmento de lo que me deslumbra, o sorprende, o emociona.

También, como tantos, fotografío comida. Lo hago como se saca cualquier otra foto, y quizás con algo de carácter documental. Si cociné algo por primera vez, quiero un registro para el futuro, para acordarme de hacer lo mismo de nuevo con solo ver el recuerdo. Así he redescubierto un budín de naranja y chocolate con nueces encima, o unos ravioles fritos, o unas empanadas caseras.

  

Empanadas y ravioles fritos - 2021
   


viernes, 14 de agosto de 2020

010 – Hechos – Rosas y rosales

 Años antes de ir a vivir a mi casita ya conseguí podas de unos rosales muy lindos de una vecina de la casa de mi mamá. Las puse en agua un tiempo y las ramitas que prendieron pasaron después a dos macetas, adonde esperaron años hasta encontrar su lugar definitivo en el jardín.

2012 - de los mejores años

Además, paseando por el Jardín Botánico de la ciudad de Córdoba me sorprendí admirando un rosal con incontables rosas blancas, bastante sencillas. Había un cartel que decía: Rosa Iceberg. Con esa información pregunté en un invernadero y descubrí que tenían, por lo que compré una planta que también está ahora en mi jardín. Y, en 2009 fui a la ciudad de Salta y me encontré caminando en una avenida con rosales iceberg enormes en el cantero del medio, una belleza absoluta.

En casa no tengo ningún jardín maravilloso. Deja mucho que desear en realidad y no siempre está cuidado o libre de hojas secas, pasto amarillo y plantas no bienvenidas y con espinas. Pero los rosales son una fuente de rosas casi todo el año, con sus épocas de esplendor: en octubre cerca del día de la madre y otra vez en otoño. Y la rosa iceberg ha tenido oportunidad de lucir tantas flores juntas algunas veces como para detener a los transeúntes en la vereda. Aunque en este momento no es una planta muy linda. Hay años y años.



Rosas Iceberg en su mejor época - noviembre de 2012

No se si pueda explicarlo. Es por estas plantas y por esas flores inagotables que siento que mi casa es mi hogar. Supongo que cuando se trata de lugares específicos siempre hay algo particular que consideramos una extensión de nosotros. Quizás alguien sepa mejor.

Fuente inagotable

jueves, 6 de agosto de 2020

009 – Hechos - Febo asoma – y la vez que actué en la escuela

Actuar no es lo mío. Tampoco soy un animal o un árbol, ni siquiera otra persona. Esos ejercicios de imaginación están fuera del alcance de mi cerebro. En la escuela, tanto tiempo atrás, las opciones expresivas eran mínimas. En los actos, o leer una poesía, o participar de una danza folclórica grupal, las chicas vestidas de paisanas o de damas antiguas.

Hasta que en cuarto grado la maestra quiso lucirnos en una representación de la muerte del Sargento Cabral en beneficio del General San Martín, a las puertas de un convento en la Batalla de San Lorenzo. Esta representación se realizaría acompañada por la música de la Marcha de San Lorenzo que va narrando cuidadosamente los hechos heroicos: sale el sol, se escuchan ruidos, avanza el enemigo, y así.

La primera frase de la marcha es “Febo asoma, ya sus rayos iluminan el histórico convento”. Es decir: ¡Febo! ¡Febo! ¿Hay algo más inexplicable? La señorita nos dijo que Febo era el sol. Cuestión que, entre las opciones actorales de la representación, se incluía a un participante que saliera primero sosteniendo un “sol”, dibujado en cartulina por ejemplo. Por algún deseo inédito de participar, y no quedar demasiado comprometida en algo superior a mis fuerzas, me ofrecí ahí nomás a ser El sol del evento. A continuación se repartieron los demás papeles, San Martín, el sargento, los granaderos, los españoles. No recuerdo si había más. Mi parte, libre de diálogo, interacciones y mayores despliegues solo consistía en pasar caminando alrededor de la escena, sin apurarme y sin llamar demasiado la atención. Esa era la participación ideal para mí.

Pensé, o se le ocurrió a mi mamá, que en lugar de levantar un dibujo, podía ponerme un sombrero con rayos. Lo construimos con cartulina y papel dorado. Y todavía mejor, con una tela amarilla, mi mamá hizo una especie de túnica con la que quedé encantada.

Eclipse de sol - ilustración de 7mo grado
Eclipse de sol - 7mo grado - lápices de colores

Estuve muy feliz con mi incursión teatral. Creo que fue la única. Antes de eso, me había tocado bailar alguna chacarera o algún pericón pero como partícula indiferenciable de un grupo grande.  

viernes, 24 de julio de 2020

005 – Hechos – El cruce del túnel de los jesuitas


Viviendo hacemos muchas más cosas de las que después nos acordamos. Tiempo atrás tropecé con un recuerdo, inesperadamente y me sorprendí a mí misma con algo que ahora no haría.
Primero, en la ciudad de Córdoba también estuvieron los jesuitas en los primeros años de la Conquista y hasta que fueron expulsados de América. Cuando tuvieron que irse, sus obras y propiedades pasaron a otras manos y a otras congregaciones, mientras que algunas quedaron olvidadas.
Segundo, la casa de mis padres estaba en un barrio del borde de la cuidad. Un barrio grande, de muchas manzanas dispuestas a lo largo de una calle extensa y la última cuadra daba al monte y el monte llevaba al río Suquía. En esa última cuadra y en esa última callecita de cien metros de extensión vivíamos nosotros.
Frente a la casa bajaban las barrancas cubiertas por los árboles del monte chaqueño. Creo que, por la región geográfica, el ecosistema se llamaba El Espinal. Un nombre hermoso para un ecosistema. Siempre me gustó. Era una franja extensa de terreno natural: en algunos puntos unos trescientos metros hasta la orilla del río, en otros hasta seiscientos.
El monte cerrado no se había escapado del todo de la acción del hombre. Bajando hasta el Suquía había una casa muy antigua que tenía unos sótanos con maquinaria, nunca supimos de qué época, que podía bombear agua del río. Tampoco supimos si para riego o para alimentar qué.
En otra parte, ya bien metidos en el monte, podíamos descender casi desde la altura del barrio mediante una escalera de ladrillos rojos que, decíamos nosotros sin haberlos contado propiamente nunca, tenía cien escalones. Ni su antigüedad ni el motivo de la construcción quedaban claros. Innumerables veces lo convencimos a mi papá de ir hasta la escalera y bajar hasta el río. A veces era un paseo de domingo.
Había más cosas, como caminitos y hasta la entrada de una cueva en aquellas barrancas de arcilla. Pero, lo más intrigante eran los túneles. Creo que eran dos, aunque bien pudo ser uno solo. Estaban cavados en la arcilla e iban paralelos al río, tenían entrada y salida pero nada más. No había estructuras internas, ni de piedra, ladrillo o madera. Nada. Yacían en pleno monte, oscuros, sinuosos, secos. Era común que dijéramos, tanto nosotros como todos los demás, que los jesuitas los habían hecho para llevar agua. No sé si esa teoría tenía sentido o pruebas.
Mis hermanos, ya jóvenes, entraron a recorrerlos con los salesianos del grupo juvenil. Como les había gustado la aventura, los mismos seminaristas decidieron que una siesta nos fuéramos todos con los niños de catequesis del barrio a una caminata y cruce de uno de ellos. Reconozco que no tenía idea de lo que iba a encontrar.
Era una siesta calurosa de agosto o septiembre entre los años 1990 y 1994, imposible recordar la fecha exacta. No llevamos linternas, ni nada que pudiera alumbrarnos. No teníamos cámaras de fotos y no existían los celulares. No quedaron evidencias ni recuerdos.
Creo que me había imaginado túneles prolijos y hasta con entradas de luz natural. Túneles de libros o de películas. En cambio aquello era un hueco en arcilla seca. Entramos caminando y después hubo que seguir gateando. Había alguna bifurcación, por lo que en la oscuridad tuvimos que asegurarnos de no extraviar ningún niño. Cruzamos en cinco o diez minutos; o más. Es muy difícil decirlo. Preocupadas como íbamos las catequistas no tuvimos oportunidad ni siquiera de pensar en claustrofobias o pánicos.
Fue una aventura real, de las de antes, pero pudo resultar dramática. A la salida nos plantamos, no íbamos a volver a cruzar de regreso. Era una locura. Clarísima me quedó la imagen de toda esa tierra derrumbada encima nuestro – si sucediera -, y nadie teniendo idea de donde buscarnos.
Aquel descenso a las profundidades quedó olvidado hasta un día en que me crucé con un vídeo de un grupo de espeleología que se dedica a sacar del olvido los túneles que dejaron los jesuitas en la provincia de Córdoba.
Si no fuera por que puedo recordar el olor de la arcilla suelta en las profundidades y el contacto con el polvo y las paredes que tocábamos para seguir adelante en la oscuridad hasta la salida, podría pensar que no era yo quien cruzaba.
No hay imágenes.