lunes, 26 de diciembre de 2022
016 – Reflexiones de este año 2022
miércoles, 1 de diciembre de 2021
014 – Hechos – Fotos Dos
No me considero ni fotógrafa, ni mucho menos buena. Me encanta sacar fotos y me gusta, de vez en cuando, obtener alguna que me agrade volver a mirar. Cuando escribí que seguramente he acumulado unas veinte mil, no quise decir que formen un archivo. No es una biblioteca, sino una reunión aleatoria. Muchas están borrosas, o movidas, y oscuras.
Como objetivos frecuentes están las flores y los árboles. Los admiro en el paisaje y me surge el impulso de llevármelos como imagen.
He sacado muchísimas viajando, paseando por la ciudad, y caminando de ida y vuelta al trabajo. Desde arriba del colectivo, y mirando desde algún puente, aún cuando no es tan frecuente. Si cruzara puentes más seguido, tendría incontables fotos de esos momentos.
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| Caminando - 2021 |
Otro placer es mirar edificios e iglesias. Esas paredes bañadas por el sol. Esas cúpulas, cuando las hay, esos techos, esos ladrillos, esas piedras. Las rejas adornadas en tantos estilos. Las escaleras, las barandas, las ventanas.
Soy la típica persona que adonde va, saca fotos. Y eso forma parte de disfrutar el lugar. Muchos prefieren concentrarse en absorber el momento, la belleza desplegada ante sus ojos, sin interrumpirla con la tarea de apuntar, enfocar, encuadrar. Me pasa al revés, siento que miro mejor al querer recortar un fragmento de lo que me deslumbra, o sorprende, o emociona.
También, como tantos, fotografío comida. Lo hago como se saca cualquier otra foto, y quizás con algo de carácter documental. Si cociné algo por primera vez, quiero un registro para el futuro, para acordarme de hacer lo mismo de nuevo con solo ver el recuerdo. Así he redescubierto un budín de naranja y chocolate con nueces encima, o unos ravioles fritos, o unas empanadas caseras.
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| Empanadas y ravioles fritos - 2021 |
viernes, 14 de agosto de 2020
010 – Hechos – Rosas y rosales
Años antes de ir a vivir a mi casita ya conseguí podas de unos rosales muy lindos de una vecina de la casa de mi mamá. Las puse en agua un tiempo y las ramitas que prendieron pasaron después a dos macetas, adonde esperaron años hasta encontrar su lugar definitivo en el jardín.
Además,
paseando por el Jardín Botánico de la ciudad de Córdoba me sorprendí admirando
un rosal con incontables rosas blancas, bastante sencillas. Había un cartel que
decía: Rosa Iceberg. Con esa información pregunté en un invernadero y descubrí
que tenían, por lo que compré una planta que también está ahora en mi jardín.
Y, en 2009 fui a la ciudad de Salta y me encontré caminando en una avenida con
rosales iceberg enormes en el cantero del medio, una belleza absoluta.
En
casa no tengo ningún jardín maravilloso. Deja mucho que desear en realidad y no
siempre está cuidado o libre de hojas secas, pasto amarillo y plantas no
bienvenidas y con espinas. Pero los rosales son una fuente de rosas casi todo
el año, con sus épocas de esplendor: en octubre cerca del día de la madre y
otra vez en otoño. Y la rosa iceberg ha tenido oportunidad de lucir tantas
flores juntas algunas veces como para detener a los transeúntes en la vereda.
Aunque en este momento no es una planta muy linda. Hay años y años.
jueves, 6 de agosto de 2020
009 – Hechos - Febo asoma – y la vez que actué en la escuela
Actuar
no es lo mío. Tampoco soy un animal o un árbol, ni siquiera otra persona. Esos
ejercicios de imaginación están fuera del alcance de mi cerebro. En la escuela,
tanto tiempo atrás, las opciones expresivas eran mínimas. En los actos, o leer
una poesía, o participar de una danza folclórica grupal, las chicas vestidas de
paisanas o de damas antiguas.
Hasta
que en cuarto grado la maestra quiso lucirnos en una representación de la
muerte del Sargento Cabral en beneficio del General San Martín, a las puertas
de un convento en la Batalla de San Lorenzo. Esta representación se realizaría
acompañada por la música de la Marcha de San Lorenzo que va narrando
cuidadosamente los hechos heroicos: sale el sol, se escuchan ruidos, avanza el
enemigo, y así.
La
primera frase de la marcha es “Febo asoma, ya sus rayos iluminan el histórico convento”.
Es decir: ¡Febo! ¡Febo! ¿Hay algo más inexplicable? La señorita nos dijo que
Febo era el sol. Cuestión que, entre las opciones actorales de la
representación, se incluía a un participante que saliera primero sosteniendo un
“sol”, dibujado en cartulina por ejemplo. Por algún deseo inédito de
participar, y no quedar demasiado comprometida en algo superior a mis fuerzas,
me ofrecí ahí nomás a ser El sol del evento. A continuación se repartieron los
demás papeles, San Martín, el sargento, los granaderos, los españoles. No
recuerdo si había más. Mi parte, libre de diálogo, interacciones y mayores
despliegues solo consistía en pasar caminando alrededor de la escena, sin
apurarme y sin llamar demasiado la atención. Esa era la participación ideal
para mí.
Pensé,
o se le ocurrió a mi mamá, que en lugar de levantar un dibujo, podía ponerme un
sombrero con rayos. Lo construimos con cartulina y papel dorado. Y todavía
mejor, con una tela amarilla, mi mamá hizo una especie de túnica con la que
quedé encantada.
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| Eclipse de sol - 7mo grado - lápices de colores |
Estuve muy feliz con mi incursión teatral. Creo que fue la única. Antes de eso, me había tocado bailar alguna chacarera o algún pericón pero como partícula indiferenciable de un grupo grande.




