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miércoles, 1 de diciembre de 2021

014 – Hechos – Fotos Dos

 No me considero ni fotógrafa, ni mucho menos buena. Me encanta sacar fotos y me gusta, de vez en cuando, obtener alguna que me agrade volver a mirar. Cuando escribí que seguramente he acumulado unas veinte mil, no quise decir que formen un archivo. No es una biblioteca, sino una reunión aleatoria. Muchas están borrosas, o movidas, y oscuras.

Como objetivos frecuentes están las flores y los árboles. Los admiro en el paisaje y me surge el impulso de llevármelos como imagen.

He sacado muchísimas viajando, paseando por la ciudad, y caminando de ida y vuelta al trabajo. Desde arriba del colectivo, y mirando desde algún puente, aún cuando no es tan frecuente. Si cruzara puentes más seguido, tendría incontables fotos de esos momentos.

Caminando - 2021

Otro placer es mirar edificios e iglesias. Esas paredes bañadas por el sol. Esas cúpulas, cuando las hay, esos techos, esos ladrillos, esas piedras. Las rejas adornadas en tantos estilos. Las escaleras, las barandas, las ventanas.

Soy la típica persona que adonde va, saca fotos. Y eso forma parte de disfrutar el lugar. Muchos prefieren concentrarse en absorber el momento, la belleza desplegada ante sus ojos, sin interrumpirla con la tarea de apuntar, enfocar, encuadrar. Me pasa al revés, siento que miro mejor al querer recortar un fragmento de lo que me deslumbra, o sorprende, o emociona.

También, como tantos, fotografío comida. Lo hago como se saca cualquier otra foto, y quizás con algo de carácter documental. Si cociné algo por primera vez, quiero un registro para el futuro, para acordarme de hacer lo mismo de nuevo con solo ver el recuerdo. Así he redescubierto un budín de naranja y chocolate con nueces encima, o unos ravioles fritos, o unas empanadas caseras.

  

Empanadas y ravioles fritos - 2021
   


lunes, 20 de julio de 2020

001 - Hechos - Cosas que también se aprenden en la escuela


Tenía 11 años, la familia entera se había mudado dos años antes. Después de cursar todo quinto grado en una escuela nueva, había empezado sexto en otra que me gustaba mucho. Era costumbre que los estudiantes les lleváramos regalitos a las maestras en su día, cada 11 de septiembre. Y era muy habitual que mi mamá no se acordara de comprarlos y que ese día, cuando tuviésemos que pasar al escritorio a entregarlo, le dijésemos a la maestra que, por ese olvido, se lo llevaríamos al día siguiente. Cosa que tampoco sucedía.
Entonces, ese año, nuestra vecina, Nedi, me dijo que ella ya sabía qué podía llevarles de regalo a mis dos maestras, las señoritas de lengua y de matemáticas. Se trataba de un adorno que requería mucho tiempo de preparación, que iba a quedar precioso y que iba a exigir toda mi habilidad.
Lo describió así: - Una nube de cartulina amarilla con el nombre de la maestra, de ella cuelgan tres hilos dorados en los que se van disponiendo nubes pequeñas, cada una con el nombre de un compañero de grado. Debe estar la lista completa. Ahora, tanto la nube más grande como cada una de las 32 o 33 pequeñas llevan un borde de pequeños discos de papel dorado cortados con una perforadora y pegados a mano con cola vinílica.  

    

Como no vivía cerca ni de la escuela ni de otros compañeros, iba a tener que confeccionarlos por mí misma.
Me llevó unos dos meses completar las dos manualidades. Todas las tardes me sentaba un rato a pegar discos dorados alrededor de cada pieza de las obras, acomodándolos, uno por uno, con un palillo. Recortar las más de 60 piezas totales, perforarlas prolijamente, escribir los nombres a mano y sin errores y armar las dos versiones finales, no fueron pasos simples. En aquel entonces fue una tarea titánica para mis manos poco expertas. Y el resultado quedó muy lindo de ver. Ahora pienso que eran de otra época, ya en ese lejano 1984, eran unas antigüedades.
Y llegó el día del maestro. En distintas horas de esa mañana tuve oportunidad de entregar mis regalos, seguramente convencida de qué, por haberme dado tanto trabajo, iban a causar una gran admiración.
La señorita Estela, de lengua, quedó desconcertada, sin saber muy bien ni qué era, ni para qué podía servir. La señorita Marta, de matemáticas, entendió rápido que los nombres hacían de la cosa esa una representación de todo el grado y por eso dejó el suyo colgado en la puerta del armario atrás de su escritorio y a la vista de todos. Quedó ahí, y muchas veces me pregunté sí, acabado aquel año, se lo habría llevado a su casa, o lo habría tirado a la basura. Nunca me animé a hacer suposiciones con el otro.
Aunque terminar un proyecto tan exigente se sintió como un logro importante, descubrí que ya no se valoraba mucho ese sacrificio de hormiga. Es un recuerdo agradable pero inolvidable también.

miércoles, 9 de mayo de 2012

El primer intento

Contar con palabras.

En esta época de fragmentos, escribir es una tarea ardua. Se ha perdido la práctica, no se realiza el ejercicio. Algunos padecemos anemia de escritura.
Ya no es simple poner las ideas por escrito, no hay tiempo para pensar, razonar, y permitir que las palabras encuentren su lugar en las oraciones.
Con gusto espero presentar largas filas de palabras, palabras en hileras, palabras alineadas, palabras hilvanadas, palabras conectadas. Y con las palabras, si todo sale bien, vendrán, sin lugar a dudas, las imágenes.