Tenía 11 años, la familia
entera se había mudado dos años antes. Después de cursar todo quinto grado en
una escuela nueva, había empezado sexto en otra que me gustaba mucho. Era costumbre que los estudiantes les lleváramos regalitos a las maestras en su
día, cada 11 de septiembre. Y era muy habitual que mi mamá no se acordara de
comprarlos y que ese día, cuando tuviésemos que pasar al escritorio a
entregarlo, le dijésemos a la maestra que, por ese olvido, se lo llevaríamos al
día siguiente. Cosa que tampoco sucedía.
Entonces, ese año, nuestra
vecina, Nedi, me dijo que ella ya sabía qué podía llevarles de regalo a mis dos
maestras, las señoritas de lengua y de matemáticas. Se trataba de un adorno que
requería mucho tiempo de preparación, que iba a quedar precioso y que iba a
exigir toda mi habilidad.
Lo describió así: - Una
nube de cartulina amarilla con el nombre de la maestra, de ella cuelgan tres
hilos dorados en los que se van disponiendo nubes pequeñas, cada una con el
nombre de un compañero de grado. Debe estar la lista completa. Ahora, tanto la
nube más grande como cada una de las 32 o 33 pequeñas llevan un borde de
pequeños discos de papel dorado cortados con una perforadora y pegados a mano
con cola vinílica.
Como no vivía cerca ni de
la escuela ni de otros compañeros, iba a tener que confeccionarlos por mí
misma.
Me llevó unos dos meses completar
las dos manualidades. Todas las tardes me sentaba un rato a pegar discos
dorados alrededor de cada pieza de las obras, acomodándolos, uno por uno, con
un palillo. Recortar las más de 60 piezas totales, perforarlas prolijamente,
escribir los nombres a mano y sin errores y armar las dos versiones finales, no
fueron pasos simples. En aquel entonces fue una tarea titánica para mis manos
poco expertas. Y el resultado quedó muy lindo de ver. Ahora pienso que eran de
otra época, ya en ese lejano 1984, eran unas antigüedades.
Y llegó el día del maestro.
En distintas horas de esa mañana tuve oportunidad de entregar mis regalos,
seguramente convencida de qué, por haberme dado tanto trabajo, iban a causar
una gran admiración.
La señorita Estela, de
lengua, quedó desconcertada, sin saber muy bien ni qué era, ni para qué podía
servir. La señorita Marta, de matemáticas, entendió rápido que los nombres
hacían de la cosa esa una representación de todo el grado y por eso dejó el
suyo colgado en la puerta del armario atrás de su escritorio y a la vista de
todos. Quedó ahí, y muchas veces me pregunté sí, acabado aquel año, se lo
habría llevado a su casa, o lo habría tirado a la basura. Nunca me animé a hacer
suposiciones con el otro.
Aunque terminar un proyecto
tan exigente se sintió como un logro importante, descubrí que ya no se valoraba
mucho ese sacrificio de hormiga. Es un recuerdo agradable pero inolvidable
también.


No hay comentarios:
Publicar un comentario