Parece
mentira todo lo que tengo que contar antes de decir que me compré un
ventilador.
Empiezo:
Creo que mis padres practicaban el consumo minimalista, sin saberlo. Lo hacían
por escasez de recursos. A principios de los 70 empezaron su familia. En
aquella época, una casa como la nuestra tenía algunos muebles, adornos, quizás
cortinas – nosotros no teníamos -, un televisor blanco y negro, una radio. En
casa había cocina de gas de garrafa, y calefón. Podía haber, cuando no estaba
roto, un lavarropas de los de antes de los que se llaman automáticos. Además, mi
mamá tenía una licuadora que había sido regalo de casamiento. Y, para todos,
teníamos un ventilador de pie. De esos con aspas metálicas. En casa no hubo teléfono por muchísimo tiempo.
En
1982 compraron el televisor a color, justo a tiempo para ver el mundial. Y, más
o menos por esa época, mi mamá se regaló para el día de la madre una batidora
eléctrica.
Siendo
chica y después adolescente, lo que me acuerdo que deseaba tener era una
máquina de escribir. Ese aparato era para mí el ideal para escribir mucho,
rápido y bien. Nunca tuve una. Pero reconozco que mi papá desarrolló, casi
desde el primer momento en que comenzaron a aparecer, un verdadero interés por
las computadoras, incluso sin que entendiéramos ni poco ni mucho para qué
podían llegar a servirnos.
En
1983 pudieron mudar la familia a la vivienda propia. Antes siempre alquilaban.
Y, con la mudanza, mi hermana y yo tuvimos nuestro propio dormitorio, mis
hermanos el suyo. Con el transcurso de los veranos descubrimos que el nuestro
era el dormitorio más cálido. La única ventana daba al norte y, todavía con la
puerta siempre abierta en verano el calor se estacionaba ahí adentro y no
conseguíamos refrescarla.
Y
decía antes lo del minimalismo porque mis padres nunca nos daban dinero. Si
necesitábamos algo lo compraban, pero no disponíamos nosotros del dinero para
hacer compras ni de ropa ni de calzado ni de nada importante.
Cuando
empecé a trabajar dando clases particulares pude empezar a ahorrar. Y recuerdo
muy bien mi deseo de usar esos ahorros para pagar un ventilador de techo que
iba a estar en mi dormitorio. Un día muy caluroso fui con mi mamá a comprarlo.
Días después un vecino, que sabía mucho de electricidad, pasó a instalarlo.
Aquello fue pasar a la civilización. Aunque el aparato no era capaz de hacer
magia, podía volver soportables esas noches de verano que tantas veces nos
dejaban sin dormir.
Ya no
vivo ahí, pero todavía funciona. Lleva más de treinta años instalado en ese
dormitorio y conserva el mérito de haber sido mi primera compra importante. Aún
ahora, en que parece un recuerdo insignificante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario