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miércoles, 17 de noviembre de 2021

013 – Hechos – Fotos

 

Me encantan las fotos, y sacar fotos. Desde chica supe que era un arte, me lo dijo alguien. Encima, las fotos se sacaban de a una o dos en días especiales – algún cumpleaños, alguna visita, un paseo – y se revelaban meses después. Revelar fotos era caro y en casa no teníamos cámara. Unos tíos le prestaban la suya a mi papá de tanto en tanto.

Centro de Córdoba - 2018

Siendo ya bastante grande, tuve una camarita panorámica con rollo, muy elemental. Y mucho después, mi primera cámara digital, nada sofisticada. Ahora, desde hace años, cámara en el teléfono.

Desde chica vi que sacar fotos era un arte, y que una foto de un cumpleaños, o de un casamiento, o de una tarde a la orilla de un río transmitía algo de aquella situación siempre que a los protagonistas no se les cortara la cabeza, o si los ojos no les quedaban rojos, o si estaban cómodos y naturales en el espacio disponible dentro del encuadre.

Jardín Botánico - quizás 2005

En casa nos gustaba mucho mirar fotos familiares viejas, en blanco y negro, impresas y colocadas individualmente en libritos de cartulina gruesa con firuletes bonitos por fuera y una hoja de papel de arroz protegiendo la superficie de la foto. Mi mamá nos iba señalando cada uno de todos esos parientes desconocidos por lejanos y por muertos. Que la abuela de su abuelo, que los hermanos varones de la madre de su abuela, que la hija mayor de un primo hermano de su mamá. Y muchas veces se acordaba de los pueblos perdidos en donde habían vivido. Hasta nos inmovilizábamos frente a la foto de un nene fallecido en una cama muchas décadas antes, lo había pateado un caballo.

Las fotos buenas cuentan historias. Las caseras muestran momentos y hay que recordar la historia. Las fotos de viajes son para el viajero, así puede acordarse del sol brillando en la baranda de un puente, y de la guirnalda de notas musicales que adornaba el ingreso a una feria de verano, y también de las voces de los vendedores de cerveza y de toallones con mandalas en una playa de arena caliente.

He sacado miles de fotos, decenas de miles. No se si tendré veinte mil fotos digitales guardadas, o más, y difícilmente menos. Pero hace poco supe algo de fotografía más allá de algún consejo oído o leído al azar. No es que ahora sepa, lo que ahora sé es lo mucho que hay para saber. Y todavía estoy interesada. 

Visto desde la ventana del Hospital de Clínicas - 2019


jueves, 23 de julio de 2020

004 – Hechos – Primera compra grande, el ventilador

Parece mentira todo lo que tengo que contar antes de decir que me compré un ventilador.
Empiezo: Creo que mis padres practicaban el consumo minimalista, sin saberlo. Lo hacían por escasez de recursos. A principios de los 70 empezaron su familia. En aquella época, una casa como la nuestra tenía algunos muebles, adornos, quizás cortinas – nosotros no teníamos -, un televisor blanco y negro, una radio. En casa había cocina de gas de garrafa, y calefón. Podía haber, cuando no estaba roto, un lavarropas de los de antes de los que se llaman automáticos. Además, mi mamá tenía una licuadora que había sido regalo de casamiento. Y, para todos, teníamos un ventilador de pie. De esos con aspas metálicas. En casa no hubo teléfono por muchísimo tiempo.
En 1982 compraron el televisor a color, justo a tiempo para ver el mundial. Y, más o menos por esa época, mi mamá se regaló para el día de la madre una batidora eléctrica.
Siendo chica y después adolescente, lo que me acuerdo que deseaba tener era una máquina de escribir. Ese aparato era para mí el ideal para escribir mucho, rápido y bien. Nunca tuve una. Pero reconozco que mi papá desarrolló, casi desde el primer momento en que comenzaron a aparecer, un verdadero interés por las computadoras, incluso sin que entendiéramos ni poco ni mucho para qué podían llegar a servirnos.
En 1983 pudieron mudar la familia a la vivienda propia. Antes siempre alquilaban. Y, con la mudanza, mi hermana y yo tuvimos nuestro propio dormitorio, mis hermanos el suyo. Con el transcurso de los veranos descubrimos que el nuestro era el dormitorio más cálido. La única ventana daba al norte y, todavía con la puerta siempre abierta en verano el calor se estacionaba ahí adentro y no conseguíamos refrescarla.
Y decía antes lo del minimalismo porque mis padres nunca nos daban dinero. Si necesitábamos algo lo compraban, pero no disponíamos nosotros del dinero para hacer compras ni de ropa ni de calzado ni de nada importante.
Cuando empecé a trabajar dando clases particulares pude empezar a ahorrar. Y recuerdo muy bien mi deseo de usar esos ahorros para pagar un ventilador de techo que iba a estar en mi dormitorio. Un día muy caluroso fui con mi mamá a comprarlo. Días después un vecino, que sabía mucho de electricidad, pasó a instalarlo. Aquello fue pasar a la civilización. Aunque el aparato no era capaz de hacer magia, podía volver soportables esas noches de verano que tantas veces nos dejaban sin dormir.
Ya no vivo ahí, pero todavía funciona. Lleva más de treinta años instalado en ese dormitorio y conserva el mérito de haber sido mi primera compra importante. Aún ahora, en que parece un recuerdo insignificante.