Años antes de ir a vivir a mi casita ya conseguí podas de unos rosales muy lindos de una vecina de la casa de mi mamá. Las puse en agua un tiempo y las ramitas que prendieron pasaron después a dos macetas, adonde esperaron años hasta encontrar su lugar definitivo en el jardín.
Además,
paseando por el Jardín Botánico de la ciudad de Córdoba me sorprendí admirando
un rosal con incontables rosas blancas, bastante sencillas. Había un cartel que
decía: Rosa Iceberg. Con esa información pregunté en un invernadero y descubrí
que tenían, por lo que compré una planta que también está ahora en mi jardín.
Y, en 2009 fui a la ciudad de Salta y me encontré caminando en una avenida con
rosales iceberg enormes en el cantero del medio, una belleza absoluta.
En
casa no tengo ningún jardín maravilloso. Deja mucho que desear en realidad y no
siempre está cuidado o libre de hojas secas, pasto amarillo y plantas no
bienvenidas y con espinas. Pero los rosales son una fuente de rosas casi todo
el año, con sus épocas de esplendor: en octubre cerca del día de la madre y
otra vez en otoño. Y la rosa iceberg ha tenido oportunidad de lucir tantas
flores juntas algunas veces como para detener a los transeúntes en la vereda.
Aunque en este momento no es una planta muy linda. Hay años y años.



