Una
vez fui capaz de colarme en un coro. Tenía 9 años y no sabía cantar ni estaba
dispuesta a pasar al frente para que la señorita Coca me oyera individualmente.
Terminando aquella hora de música de cuarto grado, la señorita Coca dijo: “Los
ensayos van a ser los sábados a la mañana en el salón de la parroquia.” Y,
mientras todos comenzaban a salir del aula, me acerqué y le avisé que sabía
donde estaba la parroquia y que iba a ir. Por alguna razón no me dijo ni que
no, ni que si, tampoco me hizo cantar. Y todos los sábados estuve presente en
los ensayos cantando lo mejor que me salía. Me quedé ahí hasta que nos mudamos
a inicios del año siguiente.
Una
vecina de mi edad, que cantaba en el mismo coro, decía que era capaz de
escuchar a los demás desafinar, y siempre estuve convencida de que entre esos
“demás” estaba yo.
jueves, 30 de julio de 2020
viernes, 24 de julio de 2020
005 – Hechos – El cruce del túnel de los jesuitas
Viviendo
hacemos muchas más cosas de las que después nos acordamos. Tiempo atrás
tropecé con un recuerdo, inesperadamente y me sorprendí a mí misma con algo que
ahora no haría.
Primero,
en la ciudad de Córdoba también estuvieron los jesuitas en los primeros años de
la Conquista y hasta que fueron expulsados de América. Cuando tuvieron que
irse, sus obras y propiedades pasaron a otras manos y a otras congregaciones,
mientras que algunas quedaron olvidadas.
Segundo,
la casa de mis padres estaba en un barrio del borde de la cuidad. Un barrio
grande, de muchas manzanas dispuestas a lo largo de una calle extensa y la
última cuadra daba al monte y el monte llevaba al río Suquía. En esa última
cuadra y en esa última callecita de cien metros de extensión vivíamos nosotros.
Frente
a la casa bajaban las barrancas cubiertas por los árboles del monte chaqueño.
Creo que, por la región geográfica, el ecosistema se llamaba El Espinal. Un
nombre hermoso para un ecosistema. Siempre me gustó. Era una franja extensa de
terreno natural: en algunos puntos unos trescientos metros hasta la orilla del
río, en otros hasta seiscientos.
El
monte cerrado no se había escapado del todo de la acción del hombre. Bajando
hasta el Suquía había una casa muy antigua que tenía unos sótanos con
maquinaria, nunca supimos de qué época, que podía bombear agua del río. Tampoco
supimos si para riego o para alimentar qué.
En
otra parte, ya bien metidos en el monte, podíamos descender casi desde la
altura del barrio mediante una escalera de ladrillos rojos que, decíamos
nosotros sin haberlos contado propiamente nunca, tenía cien escalones. Ni su
antigüedad ni el motivo de la construcción quedaban claros. Innumerables veces
lo convencimos a mi papá de ir hasta la escalera y bajar hasta el río. A veces
era un paseo de domingo.
Había
más cosas, como caminitos y hasta la entrada de una cueva en aquellas barrancas
de arcilla. Pero, lo más intrigante eran los túneles. Creo que eran dos, aunque
bien pudo ser uno solo. Estaban cavados en la arcilla e iban paralelos al río,
tenían entrada y salida pero nada más. No había estructuras internas, ni de
piedra, ladrillo o madera. Nada. Yacían en pleno monte, oscuros, sinuosos,
secos. Era común que dijéramos, tanto nosotros como todos los demás, que los
jesuitas los habían hecho para llevar agua. No sé si esa teoría tenía sentido o
pruebas.
Mis
hermanos, ya jóvenes, entraron a recorrerlos con los salesianos del grupo
juvenil. Como les había gustado la aventura, los mismos seminaristas decidieron
que una siesta nos fuéramos todos con los niños de catequesis del barrio a una
caminata y cruce de uno de ellos. Reconozco que no tenía idea de lo que iba a
encontrar.
Era
una siesta calurosa de agosto o septiembre entre los años 1990 y 1994,
imposible recordar la fecha exacta. No llevamos linternas, ni nada que pudiera
alumbrarnos. No teníamos cámaras de fotos y no existían los celulares. No
quedaron evidencias ni recuerdos.
Creo
que me había imaginado túneles prolijos y hasta con entradas de luz natural.
Túneles de libros o de películas. En cambio aquello era un hueco en arcilla
seca. Entramos caminando y después hubo que seguir gateando. Había alguna
bifurcación, por lo que en la oscuridad tuvimos que asegurarnos de no extraviar
ningún niño. Cruzamos en cinco o diez minutos; o más. Es muy difícil decirlo.
Preocupadas como íbamos las catequistas no tuvimos oportunidad ni siquiera de
pensar en claustrofobias o pánicos.
Fue
una aventura real, de las de antes, pero pudo resultar dramática. A la salida
nos plantamos, no íbamos a volver a cruzar de regreso. Era una locura.
Clarísima me quedó la imagen de toda esa tierra derrumbada encima nuestro – si
sucediera -, y nadie teniendo idea de donde buscarnos.
Aquel
descenso a las profundidades quedó olvidado hasta un día en que me crucé con un
vídeo de un grupo de espeleología que se dedica a sacar del olvido los túneles
que dejaron los jesuitas en la provincia de Córdoba.
Si
no fuera por que puedo recordar el olor de la arcilla suelta en las profundidades
y el contacto con el polvo y las paredes que tocábamos para seguir adelante en
la oscuridad hasta la salida, podría pensar que no era yo quien cruzaba.
No
hay imágenes.
jueves, 23 de julio de 2020
004 – Hechos – Primera compra grande, el ventilador
Parece
mentira todo lo que tengo que contar antes de decir que me compré un
ventilador.
Empiezo:
Creo que mis padres practicaban el consumo minimalista, sin saberlo. Lo hacían
por escasez de recursos. A principios de los 70 empezaron su familia. En
aquella época, una casa como la nuestra tenía algunos muebles, adornos, quizás
cortinas – nosotros no teníamos -, un televisor blanco y negro, una radio. En
casa había cocina de gas de garrafa, y calefón. Podía haber, cuando no estaba
roto, un lavarropas de los de antes de los que se llaman automáticos. Además, mi
mamá tenía una licuadora que había sido regalo de casamiento. Y, para todos,
teníamos un ventilador de pie. De esos con aspas metálicas. En casa no hubo teléfono por muchísimo tiempo.
En
1982 compraron el televisor a color, justo a tiempo para ver el mundial. Y, más
o menos por esa época, mi mamá se regaló para el día de la madre una batidora
eléctrica.
Siendo
chica y después adolescente, lo que me acuerdo que deseaba tener era una
máquina de escribir. Ese aparato era para mí el ideal para escribir mucho,
rápido y bien. Nunca tuve una. Pero reconozco que mi papá desarrolló, casi
desde el primer momento en que comenzaron a aparecer, un verdadero interés por
las computadoras, incluso sin que entendiéramos ni poco ni mucho para qué
podían llegar a servirnos.
En
1983 pudieron mudar la familia a la vivienda propia. Antes siempre alquilaban.
Y, con la mudanza, mi hermana y yo tuvimos nuestro propio dormitorio, mis
hermanos el suyo. Con el transcurso de los veranos descubrimos que el nuestro
era el dormitorio más cálido. La única ventana daba al norte y, todavía con la
puerta siempre abierta en verano el calor se estacionaba ahí adentro y no
conseguíamos refrescarla.
Y
decía antes lo del minimalismo porque mis padres nunca nos daban dinero. Si
necesitábamos algo lo compraban, pero no disponíamos nosotros del dinero para
hacer compras ni de ropa ni de calzado ni de nada importante.
Cuando
empecé a trabajar dando clases particulares pude empezar a ahorrar. Y recuerdo
muy bien mi deseo de usar esos ahorros para pagar un ventilador de techo que
iba a estar en mi dormitorio. Un día muy caluroso fui con mi mamá a comprarlo.
Días después un vecino, que sabía mucho de electricidad, pasó a instalarlo.
Aquello fue pasar a la civilización. Aunque el aparato no era capaz de hacer
magia, podía volver soportables esas noches de verano que tantas veces nos
dejaban sin dormir.
Ya no
vivo ahí, pero todavía funciona. Lleva más de treinta años instalado en ese
dormitorio y conserva el mérito de haber sido mi primera compra importante. Aún
ahora, en que parece un recuerdo insignificante.
miércoles, 22 de julio de 2020
003 – Hechos – Índice pretérito
No
todas son manualidades ni artesanías. Como lectora, tengo unos cuantos libros en
el haber de lo vivido. Desde que aprendí a leer empecé por las revistas que mi
mamá tenía y rápidamente aparecieron los libros. Aunque ella poseía una pequeña
biblioteca personal, no eran muchas las obras infantiles ni juveniles. Los
libros de cuentos siempre fueron caros así que tuve pocos. Por consiguiente,
aparte de leer, también resulté buena releyendo los libros preferidos.
En
2018 por razones de salud tuve que estar una temporada en casa haciendo reposo.
No era simple pasar largas horas en soledad y sin trabajar. Esto último, especialmente
difícil por la costumbre de trabajar siempre y de siempre estar haciendo algo
útil. Por eso, como entretenimiento, me propuse escribir al menos el título de
todos los libros que recordara haber leído preguntándome interiormente si
serían muchos, por ejemplo 500. Aunque no alcancé esa cifra, y estoy segura de
que dejé unos pocos olvidados, ese año la lista llegó al 267.
Conozco
personas que ya leyeron el doble y el triple de lo que recapitulé en mi
cuaderno. Lo mismo, resultó un ejercicio de memoria bastante estimulante. Para
incluirlos en la lista, tuve hasta que preguntar, a las amistades que me los
prestaron, por algunas obras de las que tenía una idea difusa o del título, o
del autor, o del contenido. Y también descubrí libros que quería leer, y hasta
releer, de nuevo.
He
olvidado muchas cosas, muchas más de las que suelo admitir. Por eso acordarme
de tantas historias que me habían gustado, o dejado observaciones y hasta
conclusiones importantes me entretuvo primero y me hizo pensar después. Pensé
no solo en los libros, no sólo en los autores, no solo en los momentos en que
disfruté de ellos, sino muchas veces, en los amigos que los compartieron
conmigo y, a veces, en los porqués. Y recordé también aquella libertad con la
que insistía en que alguien más leyera una obra que me hubiese impresionado. Y
saco una conclusión sencilla: hay tanto para leer que dos personas, aún leyendo
mucho, podrían no coincidir casi nunca.
Por
ahora la lista está inconclusa, esperando por otra pausa.
martes, 21 de julio de 2020
002 – Hechos – Cortinas Bonsái
Me gusta la costura como
proyecto aunque en la práctica es un ejercicio exigente. Creo que mi mamá me
enseñó primero lo más feo, esto es: ojales… y coser botones, que también tiene
sus bemoles. Resulta que coser no es “coser y cantar”. Además, lo de empezar
por la parte menos feliz era una característica de ella que seguramente nunca
percibió del todo. Lo primero que supe del arte de coser fue esto de los ojales
y todos esos hilvanados previos y puntos internos que se hacen para evitar que
las telas se deshilachen. Y cuando ella estaba no recuerdo haber cosido mucho,
excepto por rehacer los ruedos de algunas prendas que era necesario acortar, o
por colocar botones perdidos.
Y, hace unos cuantos años,
en 2009, llegó el momento de mudarme a una casita nada
notable pero con unas cuantas ventanas sin persianas. Y, por causa de una economía
ajustada, decidí hacer mis propias cortinas.
Como tantos planes que se
ven simples en la imaginación, la realidad acaba siendo muy compleja. Elegir la
tela, calcular los metros necesarios, seleccionar el sistema de colgado,
comprar los materiales, cortar las cortinas, hacer los ruedos y las tiras para
los aros por donde pasa el barral. Fueron 8 cortinas, cada una con ocho tiras,
todas iguales. Todo eso en una cantidad de tiempo limitada.
Un único paso me salté,
lavar la tela antes de cortarla. Algunos tejidos encogen al primer lavado, se
acostumbra lavarlos antes y además se compra material extra, sobre todo
sabiendo si encogen más o menos.
Resultado, quedaron muy
prolijas el primer tiempo pero al primer lavado encogieron mucho y quedaron
cortas. Son mis famosas cortinas bonsái. Y la enseñanza es que no hay que
saltearse los pasos aburridos. Los pasos menos interesantes ausentes siempre se
ponen en evidencia.
lunes, 20 de julio de 2020
001 - Hechos - Cosas que también se aprenden en la escuela
Tenía 11 años, la familia
entera se había mudado dos años antes. Después de cursar todo quinto grado en
una escuela nueva, había empezado sexto en otra que me gustaba mucho. Era costumbre que los estudiantes les lleváramos regalitos a las maestras en su
día, cada 11 de septiembre. Y era muy habitual que mi mamá no se acordara de
comprarlos y que ese día, cuando tuviésemos que pasar al escritorio a
entregarlo, le dijésemos a la maestra que, por ese olvido, se lo llevaríamos al
día siguiente. Cosa que tampoco sucedía.
Entonces, ese año, nuestra
vecina, Nedi, me dijo que ella ya sabía qué podía llevarles de regalo a mis dos
maestras, las señoritas de lengua y de matemáticas. Se trataba de un adorno que
requería mucho tiempo de preparación, que iba a quedar precioso y que iba a
exigir toda mi habilidad.
Lo describió así: - Una
nube de cartulina amarilla con el nombre de la maestra, de ella cuelgan tres
hilos dorados en los que se van disponiendo nubes pequeñas, cada una con el
nombre de un compañero de grado. Debe estar la lista completa. Ahora, tanto la
nube más grande como cada una de las 32 o 33 pequeñas llevan un borde de
pequeños discos de papel dorado cortados con una perforadora y pegados a mano
con cola vinílica.
Como no vivía cerca ni de
la escuela ni de otros compañeros, iba a tener que confeccionarlos por mí
misma.
Me llevó unos dos meses completar
las dos manualidades. Todas las tardes me sentaba un rato a pegar discos
dorados alrededor de cada pieza de las obras, acomodándolos, uno por uno, con
un palillo. Recortar las más de 60 piezas totales, perforarlas prolijamente,
escribir los nombres a mano y sin errores y armar las dos versiones finales, no
fueron pasos simples. En aquel entonces fue una tarea titánica para mis manos
poco expertas. Y el resultado quedó muy lindo de ver. Ahora pienso que eran de
otra época, ya en ese lejano 1984, eran unas antigüedades.
Y llegó el día del maestro.
En distintas horas de esa mañana tuve oportunidad de entregar mis regalos,
seguramente convencida de qué, por haberme dado tanto trabajo, iban a causar
una gran admiración.
La señorita Estela, de
lengua, quedó desconcertada, sin saber muy bien ni qué era, ni para qué podía
servir. La señorita Marta, de matemáticas, entendió rápido que los nombres
hacían de la cosa esa una representación de todo el grado y por eso dejó el
suyo colgado en la puerta del armario atrás de su escritorio y a la vista de
todos. Quedó ahí, y muchas veces me pregunté sí, acabado aquel año, se lo
habría llevado a su casa, o lo habría tirado a la basura. Nunca me animé a hacer
suposiciones con el otro.
Aunque terminar un proyecto
tan exigente se sintió como un logro importante, descubrí que ya no se valoraba
mucho ese sacrificio de hormiga. Es un recuerdo agradable pero inolvidable
también.
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