jueves, 30 de julio de 2020

006 – Hechos – En el coro de la escuela

Una vez fui capaz de colarme en un coro. Tenía 9 años y no sabía cantar ni estaba dispuesta a pasar al frente para que la señorita Coca me oyera individualmente. Terminando aquella hora de música de cuarto grado, la señorita Coca dijo: “Los ensayos van a ser los sábados a la mañana en el salón de la parroquia.” Y, mientras todos comenzaban a salir del aula, me acerqué y le avisé que sabía donde estaba la parroquia y que iba a ir. Por alguna razón no me dijo ni que no, ni que si, tampoco me hizo cantar. Y todos los sábados estuve presente en los ensayos cantando lo mejor que me salía. Me quedé ahí hasta que nos mudamos a inicios del año siguiente.
Una vecina de mi edad, que cantaba en el mismo coro, decía que era capaz de escuchar a los demás desafinar, y siempre estuve convencida de que entre esos “demás” estaba yo.

viernes, 24 de julio de 2020

005 – Hechos – El cruce del túnel de los jesuitas


Viviendo hacemos muchas más cosas de las que después nos acordamos. Tiempo atrás tropecé con un recuerdo, inesperadamente y me sorprendí a mí misma con algo que ahora no haría.
Primero, en la ciudad de Córdoba también estuvieron los jesuitas en los primeros años de la Conquista y hasta que fueron expulsados de América. Cuando tuvieron que irse, sus obras y propiedades pasaron a otras manos y a otras congregaciones, mientras que algunas quedaron olvidadas.
Segundo, la casa de mis padres estaba en un barrio del borde de la cuidad. Un barrio grande, de muchas manzanas dispuestas a lo largo de una calle extensa y la última cuadra daba al monte y el monte llevaba al río Suquía. En esa última cuadra y en esa última callecita de cien metros de extensión vivíamos nosotros.
Frente a la casa bajaban las barrancas cubiertas por los árboles del monte chaqueño. Creo que, por la región geográfica, el ecosistema se llamaba El Espinal. Un nombre hermoso para un ecosistema. Siempre me gustó. Era una franja extensa de terreno natural: en algunos puntos unos trescientos metros hasta la orilla del río, en otros hasta seiscientos.
El monte cerrado no se había escapado del todo de la acción del hombre. Bajando hasta el Suquía había una casa muy antigua que tenía unos sótanos con maquinaria, nunca supimos de qué época, que podía bombear agua del río. Tampoco supimos si para riego o para alimentar qué.
En otra parte, ya bien metidos en el monte, podíamos descender casi desde la altura del barrio mediante una escalera de ladrillos rojos que, decíamos nosotros sin haberlos contado propiamente nunca, tenía cien escalones. Ni su antigüedad ni el motivo de la construcción quedaban claros. Innumerables veces lo convencimos a mi papá de ir hasta la escalera y bajar hasta el río. A veces era un paseo de domingo.
Había más cosas, como caminitos y hasta la entrada de una cueva en aquellas barrancas de arcilla. Pero, lo más intrigante eran los túneles. Creo que eran dos, aunque bien pudo ser uno solo. Estaban cavados en la arcilla e iban paralelos al río, tenían entrada y salida pero nada más. No había estructuras internas, ni de piedra, ladrillo o madera. Nada. Yacían en pleno monte, oscuros, sinuosos, secos. Era común que dijéramos, tanto nosotros como todos los demás, que los jesuitas los habían hecho para llevar agua. No sé si esa teoría tenía sentido o pruebas.
Mis hermanos, ya jóvenes, entraron a recorrerlos con los salesianos del grupo juvenil. Como les había gustado la aventura, los mismos seminaristas decidieron que una siesta nos fuéramos todos con los niños de catequesis del barrio a una caminata y cruce de uno de ellos. Reconozco que no tenía idea de lo que iba a encontrar.
Era una siesta calurosa de agosto o septiembre entre los años 1990 y 1994, imposible recordar la fecha exacta. No llevamos linternas, ni nada que pudiera alumbrarnos. No teníamos cámaras de fotos y no existían los celulares. No quedaron evidencias ni recuerdos.
Creo que me había imaginado túneles prolijos y hasta con entradas de luz natural. Túneles de libros o de películas. En cambio aquello era un hueco en arcilla seca. Entramos caminando y después hubo que seguir gateando. Había alguna bifurcación, por lo que en la oscuridad tuvimos que asegurarnos de no extraviar ningún niño. Cruzamos en cinco o diez minutos; o más. Es muy difícil decirlo. Preocupadas como íbamos las catequistas no tuvimos oportunidad ni siquiera de pensar en claustrofobias o pánicos.
Fue una aventura real, de las de antes, pero pudo resultar dramática. A la salida nos plantamos, no íbamos a volver a cruzar de regreso. Era una locura. Clarísima me quedó la imagen de toda esa tierra derrumbada encima nuestro – si sucediera -, y nadie teniendo idea de donde buscarnos.
Aquel descenso a las profundidades quedó olvidado hasta un día en que me crucé con un vídeo de un grupo de espeleología que se dedica a sacar del olvido los túneles que dejaron los jesuitas en la provincia de Córdoba.
Si no fuera por que puedo recordar el olor de la arcilla suelta en las profundidades y el contacto con el polvo y las paredes que tocábamos para seguir adelante en la oscuridad hasta la salida, podría pensar que no era yo quien cruzaba.
No hay imágenes.

jueves, 23 de julio de 2020

004 – Hechos – Primera compra grande, el ventilador

Parece mentira todo lo que tengo que contar antes de decir que me compré un ventilador.
Empiezo: Creo que mis padres practicaban el consumo minimalista, sin saberlo. Lo hacían por escasez de recursos. A principios de los 70 empezaron su familia. En aquella época, una casa como la nuestra tenía algunos muebles, adornos, quizás cortinas – nosotros no teníamos -, un televisor blanco y negro, una radio. En casa había cocina de gas de garrafa, y calefón. Podía haber, cuando no estaba roto, un lavarropas de los de antes de los que se llaman automáticos. Además, mi mamá tenía una licuadora que había sido regalo de casamiento. Y, para todos, teníamos un ventilador de pie. De esos con aspas metálicas. En casa no hubo teléfono por muchísimo tiempo.
En 1982 compraron el televisor a color, justo a tiempo para ver el mundial. Y, más o menos por esa época, mi mamá se regaló para el día de la madre una batidora eléctrica.
Siendo chica y después adolescente, lo que me acuerdo que deseaba tener era una máquina de escribir. Ese aparato era para mí el ideal para escribir mucho, rápido y bien. Nunca tuve una. Pero reconozco que mi papá desarrolló, casi desde el primer momento en que comenzaron a aparecer, un verdadero interés por las computadoras, incluso sin que entendiéramos ni poco ni mucho para qué podían llegar a servirnos.
En 1983 pudieron mudar la familia a la vivienda propia. Antes siempre alquilaban. Y, con la mudanza, mi hermana y yo tuvimos nuestro propio dormitorio, mis hermanos el suyo. Con el transcurso de los veranos descubrimos que el nuestro era el dormitorio más cálido. La única ventana daba al norte y, todavía con la puerta siempre abierta en verano el calor se estacionaba ahí adentro y no conseguíamos refrescarla.
Y decía antes lo del minimalismo porque mis padres nunca nos daban dinero. Si necesitábamos algo lo compraban, pero no disponíamos nosotros del dinero para hacer compras ni de ropa ni de calzado ni de nada importante.
Cuando empecé a trabajar dando clases particulares pude empezar a ahorrar. Y recuerdo muy bien mi deseo de usar esos ahorros para pagar un ventilador de techo que iba a estar en mi dormitorio. Un día muy caluroso fui con mi mamá a comprarlo. Días después un vecino, que sabía mucho de electricidad, pasó a instalarlo. Aquello fue pasar a la civilización. Aunque el aparato no era capaz de hacer magia, podía volver soportables esas noches de verano que tantas veces nos dejaban sin dormir.
Ya no vivo ahí, pero todavía funciona. Lleva más de treinta años instalado en ese dormitorio y conserva el mérito de haber sido mi primera compra importante. Aún ahora, en que parece un recuerdo insignificante.

miércoles, 22 de julio de 2020

003 – Hechos – Índice pretérito


No todas son manualidades ni artesanías. Como lectora, tengo unos cuantos libros en el haber de lo vivido. Desde que aprendí a leer empecé por las revistas que mi mamá tenía y rápidamente aparecieron los libros. Aunque ella poseía una pequeña biblioteca personal, no eran muchas las obras infantiles ni juveniles. Los libros de cuentos siempre fueron caros así que tuve pocos. Por consiguiente, aparte de leer, también resulté buena releyendo los libros preferidos.
En 2018 por razones de salud tuve que estar una temporada en casa haciendo reposo. No era simple pasar largas horas en soledad y sin trabajar. Esto último, especialmente difícil por la costumbre de trabajar siempre y de siempre estar haciendo algo útil. Por eso, como entretenimiento, me propuse escribir al menos el título de todos los libros que recordara haber leído preguntándome interiormente si serían muchos, por ejemplo 500. Aunque no alcancé esa cifra, y estoy segura de que dejé unos pocos olvidados, ese año la lista llegó al 267.


Conozco personas que ya leyeron el doble y el triple de lo que recapitulé en mi cuaderno. Lo mismo, resultó un ejercicio de memoria bastante estimulante. Para incluirlos en la lista, tuve hasta que preguntar, a las amistades que me los prestaron, por algunas obras de las que tenía una idea difusa o del título, o del autor, o del contenido. Y también descubrí libros que quería leer, y hasta releer, de nuevo.
He olvidado muchas cosas, muchas más de las que suelo admitir. Por eso acordarme de tantas historias que me habían gustado, o dejado observaciones y hasta conclusiones importantes me entretuvo primero y me hizo pensar después. Pensé no solo en los libros, no sólo en los autores, no solo en los momentos en que disfruté de ellos, sino muchas veces, en los amigos que los compartieron conmigo y, a veces, en los porqués. Y recordé también aquella libertad con la que insistía en que alguien más leyera una obra que me hubiese impresionado. Y saco una conclusión sencilla: hay tanto para leer que dos personas, aún leyendo mucho, podrían no coincidir casi nunca.
Por ahora la lista está inconclusa, esperando por otra pausa.

martes, 21 de julio de 2020

002 – Hechos – Cortinas Bonsái


Me gusta la costura como proyecto aunque en la práctica es un ejercicio exigente. Creo que mi mamá me enseñó primero lo más feo, esto es: ojales… y coser botones, que también tiene sus bemoles. Resulta que coser no es “coser y cantar”. Además, lo de empezar por la parte menos feliz era una característica de ella que seguramente nunca percibió del todo. Lo primero que supe del arte de coser fue esto de los ojales y todos esos hilvanados previos y puntos internos que se hacen para evitar que las telas se deshilachen. Y cuando ella estaba no recuerdo haber cosido mucho, excepto por rehacer los ruedos de algunas prendas que era necesario acortar, o por colocar botones perdidos.
Y, hace unos cuantos años, en 2009, llegó el momento de mudarme a una casita nada notable pero con unas cuantas ventanas sin persianas. Y, por causa de una economía ajustada, decidí hacer mis propias cortinas.
Como tantos planes que se ven simples en la imaginación, la realidad acaba siendo muy compleja. Elegir la tela, calcular los metros necesarios, seleccionar el sistema de colgado, comprar los materiales, cortar las cortinas, hacer los ruedos y las tiras para los aros por donde pasa el barral. Fueron 8 cortinas, cada una con ocho tiras, todas iguales. Todo eso en una cantidad de tiempo limitada.
Un único paso me salté, lavar la tela antes de cortarla. Algunos tejidos encogen al primer lavado, se acostumbra lavarlos antes y además se compra material extra, sobre todo sabiendo si encogen más o menos.
Resultado, quedaron muy prolijas el primer tiempo pero al primer lavado encogieron mucho y quedaron cortas. Son mis famosas cortinas bonsái. Y la enseñanza es que no hay que saltearse los pasos aburridos. Los pasos menos interesantes ausentes siempre se ponen en evidencia.



lunes, 20 de julio de 2020

001 - Hechos - Cosas que también se aprenden en la escuela


Tenía 11 años, la familia entera se había mudado dos años antes. Después de cursar todo quinto grado en una escuela nueva, había empezado sexto en otra que me gustaba mucho. Era costumbre que los estudiantes les lleváramos regalitos a las maestras en su día, cada 11 de septiembre. Y era muy habitual que mi mamá no se acordara de comprarlos y que ese día, cuando tuviésemos que pasar al escritorio a entregarlo, le dijésemos a la maestra que, por ese olvido, se lo llevaríamos al día siguiente. Cosa que tampoco sucedía.
Entonces, ese año, nuestra vecina, Nedi, me dijo que ella ya sabía qué podía llevarles de regalo a mis dos maestras, las señoritas de lengua y de matemáticas. Se trataba de un adorno que requería mucho tiempo de preparación, que iba a quedar precioso y que iba a exigir toda mi habilidad.
Lo describió así: - Una nube de cartulina amarilla con el nombre de la maestra, de ella cuelgan tres hilos dorados en los que se van disponiendo nubes pequeñas, cada una con el nombre de un compañero de grado. Debe estar la lista completa. Ahora, tanto la nube más grande como cada una de las 32 o 33 pequeñas llevan un borde de pequeños discos de papel dorado cortados con una perforadora y pegados a mano con cola vinílica.  

    

Como no vivía cerca ni de la escuela ni de otros compañeros, iba a tener que confeccionarlos por mí misma.
Me llevó unos dos meses completar las dos manualidades. Todas las tardes me sentaba un rato a pegar discos dorados alrededor de cada pieza de las obras, acomodándolos, uno por uno, con un palillo. Recortar las más de 60 piezas totales, perforarlas prolijamente, escribir los nombres a mano y sin errores y armar las dos versiones finales, no fueron pasos simples. En aquel entonces fue una tarea titánica para mis manos poco expertas. Y el resultado quedó muy lindo de ver. Ahora pienso que eran de otra época, ya en ese lejano 1984, eran unas antigüedades.
Y llegó el día del maestro. En distintas horas de esa mañana tuve oportunidad de entregar mis regalos, seguramente convencida de qué, por haberme dado tanto trabajo, iban a causar una gran admiración.
La señorita Estela, de lengua, quedó desconcertada, sin saber muy bien ni qué era, ni para qué podía servir. La señorita Marta, de matemáticas, entendió rápido que los nombres hacían de la cosa esa una representación de todo el grado y por eso dejó el suyo colgado en la puerta del armario atrás de su escritorio y a la vista de todos. Quedó ahí, y muchas veces me pregunté sí, acabado aquel año, se lo habría llevado a su casa, o lo habría tirado a la basura. Nunca me animé a hacer suposiciones con el otro.
Aunque terminar un proyecto tan exigente se sintió como un logro importante, descubrí que ya no se valoraba mucho ese sacrificio de hormiga. Es un recuerdo agradable pero inolvidable también.