Me gusta la costura como
proyecto aunque en la práctica es un ejercicio exigente. Creo que mi mamá me
enseñó primero lo más feo, esto es: ojales… y coser botones, que también tiene
sus bemoles. Resulta que coser no es “coser y cantar”. Además, lo de empezar
por la parte menos feliz era una característica de ella que seguramente nunca
percibió del todo. Lo primero que supe del arte de coser fue esto de los ojales
y todos esos hilvanados previos y puntos internos que se hacen para evitar que
las telas se deshilachen. Y cuando ella estaba no recuerdo haber cosido mucho,
excepto por rehacer los ruedos de algunas prendas que era necesario acortar, o
por colocar botones perdidos.
Y, hace unos cuantos años,
en 2009, llegó el momento de mudarme a una casita nada
notable pero con unas cuantas ventanas sin persianas. Y, por causa de una economía
ajustada, decidí hacer mis propias cortinas.
Como tantos planes que se
ven simples en la imaginación, la realidad acaba siendo muy compleja. Elegir la
tela, calcular los metros necesarios, seleccionar el sistema de colgado,
comprar los materiales, cortar las cortinas, hacer los ruedos y las tiras para
los aros por donde pasa el barral. Fueron 8 cortinas, cada una con ocho tiras,
todas iguales. Todo eso en una cantidad de tiempo limitada.
Un único paso me salté,
lavar la tela antes de cortarla. Algunos tejidos encogen al primer lavado, se
acostumbra lavarlos antes y además se compra material extra, sobre todo
sabiendo si encogen más o menos.
Resultado, quedaron muy
prolijas el primer tiempo pero al primer lavado encogieron mucho y quedaron
cortas. Son mis famosas cortinas bonsái. Y la enseñanza es que no hay que
saltearse los pasos aburridos. Los pasos menos interesantes ausentes siempre se
ponen en evidencia.
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