Una
vez fui capaz de colarme en un coro. Tenía 9 años y no sabía cantar ni estaba
dispuesta a pasar al frente para que la señorita Coca me oyera individualmente.
Terminando aquella hora de música de cuarto grado, la señorita Coca dijo: “Los
ensayos van a ser los sábados a la mañana en el salón de la parroquia.” Y,
mientras todos comenzaban a salir del aula, me acerqué y le avisé que sabía
donde estaba la parroquia y que iba a ir. Por alguna razón no me dijo ni que
no, ni que si, tampoco me hizo cantar. Y todos los sábados estuve presente en
los ensayos cantando lo mejor que me salía. Me quedé ahí hasta que nos mudamos
a inicios del año siguiente.
Una
vecina de mi edad, que cantaba en el mismo coro, decía que era capaz de
escuchar a los demás desafinar, y siempre estuve convencida de que entre esos
“demás” estaba yo.
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