Como
tantos que pudieron quedarse en sus casas en este período, que todavía no
acaba, pasada la sorpresa inicial y la sensación de irrealidad traté de aprovechar
la estadía para hacer esas cosas que suelen estar en “la lista”. No tuve
grandes éxitos.
Entre
las muchas tareas que intenté estuvo, por unos días, la de volver a dibujar. En
la infancia siempre dibujé. Y siempre creí que dibujaba bien. Sin embargo,
recién retomada aquella habilidad abandonada por muchos años, me detuve a abrir
dos carpetas con todas las materias y sus respectivos contenidos de la
primaria. Mi mamá no quiso guardar montañas de papel de cada hijo por lo que en
su momento conservó dos: las de cuarto y séptimo grado.
Abrirlas
fue confrontar mis recuerdos de unas bellas ilustraciones con la realidad de
unos dibujos normalitos de cualquier niño. ¿Tan mal dibujaban todos que en mi
recuerdo los míos estaban a la altura de los mejores? A la vez estoy segura de
que no eran así como están en estas carpetas.
Lo
que me trae de regreso a lo de volver a dibujar. Al principio del ejercicio me
expliqué las dificultades para reproducir con algo de gracia a la persona de
una foto, como causada por la pérdida de la memoria motriz, por tantos años sin
hacer casi jamás dibujos. Utilicé varias veces la misma foto con resultados
extremadamente dispares. Tanto que ninguno se parece al modelo ni son
semejantes entre ellos. Después, recorriendo las carpetas razoné que nunca tuve
muchas nociones de dibujo. Se trataba de un pasatiempo del que lo más valioso
era la impresión de realización que obtuve en aquellas épocas lejanas.
No
he renunciado todavía a dibujar, con la ventaja de que ahora siento que el plan
debería ser aprender a dibujar. ¡Quién sabe…!


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