viernes, 24 de julio de 2020

005 – Hechos – El cruce del túnel de los jesuitas


Viviendo hacemos muchas más cosas de las que después nos acordamos. Tiempo atrás tropecé con un recuerdo, inesperadamente y me sorprendí a mí misma con algo que ahora no haría.
Primero, en la ciudad de Córdoba también estuvieron los jesuitas en los primeros años de la Conquista y hasta que fueron expulsados de América. Cuando tuvieron que irse, sus obras y propiedades pasaron a otras manos y a otras congregaciones, mientras que algunas quedaron olvidadas.
Segundo, la casa de mis padres estaba en un barrio del borde de la cuidad. Un barrio grande, de muchas manzanas dispuestas a lo largo de una calle extensa y la última cuadra daba al monte y el monte llevaba al río Suquía. En esa última cuadra y en esa última callecita de cien metros de extensión vivíamos nosotros.
Frente a la casa bajaban las barrancas cubiertas por los árboles del monte chaqueño. Creo que, por la región geográfica, el ecosistema se llamaba El Espinal. Un nombre hermoso para un ecosistema. Siempre me gustó. Era una franja extensa de terreno natural: en algunos puntos unos trescientos metros hasta la orilla del río, en otros hasta seiscientos.
El monte cerrado no se había escapado del todo de la acción del hombre. Bajando hasta el Suquía había una casa muy antigua que tenía unos sótanos con maquinaria, nunca supimos de qué época, que podía bombear agua del río. Tampoco supimos si para riego o para alimentar qué.
En otra parte, ya bien metidos en el monte, podíamos descender casi desde la altura del barrio mediante una escalera de ladrillos rojos que, decíamos nosotros sin haberlos contado propiamente nunca, tenía cien escalones. Ni su antigüedad ni el motivo de la construcción quedaban claros. Innumerables veces lo convencimos a mi papá de ir hasta la escalera y bajar hasta el río. A veces era un paseo de domingo.
Había más cosas, como caminitos y hasta la entrada de una cueva en aquellas barrancas de arcilla. Pero, lo más intrigante eran los túneles. Creo que eran dos, aunque bien pudo ser uno solo. Estaban cavados en la arcilla e iban paralelos al río, tenían entrada y salida pero nada más. No había estructuras internas, ni de piedra, ladrillo o madera. Nada. Yacían en pleno monte, oscuros, sinuosos, secos. Era común que dijéramos, tanto nosotros como todos los demás, que los jesuitas los habían hecho para llevar agua. No sé si esa teoría tenía sentido o pruebas.
Mis hermanos, ya jóvenes, entraron a recorrerlos con los salesianos del grupo juvenil. Como les había gustado la aventura, los mismos seminaristas decidieron que una siesta nos fuéramos todos con los niños de catequesis del barrio a una caminata y cruce de uno de ellos. Reconozco que no tenía idea de lo que iba a encontrar.
Era una siesta calurosa de agosto o septiembre entre los años 1990 y 1994, imposible recordar la fecha exacta. No llevamos linternas, ni nada que pudiera alumbrarnos. No teníamos cámaras de fotos y no existían los celulares. No quedaron evidencias ni recuerdos.
Creo que me había imaginado túneles prolijos y hasta con entradas de luz natural. Túneles de libros o de películas. En cambio aquello era un hueco en arcilla seca. Entramos caminando y después hubo que seguir gateando. Había alguna bifurcación, por lo que en la oscuridad tuvimos que asegurarnos de no extraviar ningún niño. Cruzamos en cinco o diez minutos; o más. Es muy difícil decirlo. Preocupadas como íbamos las catequistas no tuvimos oportunidad ni siquiera de pensar en claustrofobias o pánicos.
Fue una aventura real, de las de antes, pero pudo resultar dramática. A la salida nos plantamos, no íbamos a volver a cruzar de regreso. Era una locura. Clarísima me quedó la imagen de toda esa tierra derrumbada encima nuestro – si sucediera -, y nadie teniendo idea de donde buscarnos.
Aquel descenso a las profundidades quedó olvidado hasta un día en que me crucé con un vídeo de un grupo de espeleología que se dedica a sacar del olvido los túneles que dejaron los jesuitas en la provincia de Córdoba.
Si no fuera por que puedo recordar el olor de la arcilla suelta en las profundidades y el contacto con el polvo y las paredes que tocábamos para seguir adelante en la oscuridad hasta la salida, podría pensar que no era yo quien cruzaba.
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