miércoles, 1 de diciembre de 2021

014 – Hechos – Fotos Dos

 No me considero ni fotógrafa, ni mucho menos buena. Me encanta sacar fotos y me gusta, de vez en cuando, obtener alguna que me agrade volver a mirar. Cuando escribí que seguramente he acumulado unas veinte mil, no quise decir que formen un archivo. No es una biblioteca, sino una reunión aleatoria. Muchas están borrosas, o movidas, y oscuras.

Como objetivos frecuentes están las flores y los árboles. Los admiro en el paisaje y me surge el impulso de llevármelos como imagen.

He sacado muchísimas viajando, paseando por la ciudad, y caminando de ida y vuelta al trabajo. Desde arriba del colectivo, y mirando desde algún puente, aún cuando no es tan frecuente. Si cruzara puentes más seguido, tendría incontables fotos de esos momentos.

Caminando - 2021

Otro placer es mirar edificios e iglesias. Esas paredes bañadas por el sol. Esas cúpulas, cuando las hay, esos techos, esos ladrillos, esas piedras. Las rejas adornadas en tantos estilos. Las escaleras, las barandas, las ventanas.

Soy la típica persona que adonde va, saca fotos. Y eso forma parte de disfrutar el lugar. Muchos prefieren concentrarse en absorber el momento, la belleza desplegada ante sus ojos, sin interrumpirla con la tarea de apuntar, enfocar, encuadrar. Me pasa al revés, siento que miro mejor al querer recortar un fragmento de lo que me deslumbra, o sorprende, o emociona.

También, como tantos, fotografío comida. Lo hago como se saca cualquier otra foto, y quizás con algo de carácter documental. Si cociné algo por primera vez, quiero un registro para el futuro, para acordarme de hacer lo mismo de nuevo con solo ver el recuerdo. Así he redescubierto un budín de naranja y chocolate con nueces encima, o unos ravioles fritos, o unas empanadas caseras.

  

Empanadas y ravioles fritos - 2021
   


miércoles, 17 de noviembre de 2021

013 – Hechos – Fotos

 

Me encantan las fotos, y sacar fotos. Desde chica supe que era un arte, me lo dijo alguien. Encima, las fotos se sacaban de a una o dos en días especiales – algún cumpleaños, alguna visita, un paseo – y se revelaban meses después. Revelar fotos era caro y en casa no teníamos cámara. Unos tíos le prestaban la suya a mi papá de tanto en tanto.

Centro de Córdoba - 2018

Siendo ya bastante grande, tuve una camarita panorámica con rollo, muy elemental. Y mucho después, mi primera cámara digital, nada sofisticada. Ahora, desde hace años, cámara en el teléfono.

Desde chica vi que sacar fotos era un arte, y que una foto de un cumpleaños, o de un casamiento, o de una tarde a la orilla de un río transmitía algo de aquella situación siempre que a los protagonistas no se les cortara la cabeza, o si los ojos no les quedaban rojos, o si estaban cómodos y naturales en el espacio disponible dentro del encuadre.

Jardín Botánico - quizás 2005

En casa nos gustaba mucho mirar fotos familiares viejas, en blanco y negro, impresas y colocadas individualmente en libritos de cartulina gruesa con firuletes bonitos por fuera y una hoja de papel de arroz protegiendo la superficie de la foto. Mi mamá nos iba señalando cada uno de todos esos parientes desconocidos por lejanos y por muertos. Que la abuela de su abuelo, que los hermanos varones de la madre de su abuela, que la hija mayor de un primo hermano de su mamá. Y muchas veces se acordaba de los pueblos perdidos en donde habían vivido. Hasta nos inmovilizábamos frente a la foto de un nene fallecido en una cama muchas décadas antes, lo había pateado un caballo.

Las fotos buenas cuentan historias. Las caseras muestran momentos y hay que recordar la historia. Las fotos de viajes son para el viajero, así puede acordarse del sol brillando en la baranda de un puente, y de la guirnalda de notas musicales que adornaba el ingreso a una feria de verano, y también de las voces de los vendedores de cerveza y de toallones con mandalas en una playa de arena caliente.

He sacado miles de fotos, decenas de miles. No se si tendré veinte mil fotos digitales guardadas, o más, y difícilmente menos. Pero hace poco supe algo de fotografía más allá de algún consejo oído o leído al azar. No es que ahora sepa, lo que ahora sé es lo mucho que hay para saber. Y todavía estoy interesada. 

Visto desde la ventana del Hospital de Clínicas - 2019


domingo, 20 de diciembre de 2020

012 – Hechos – Receta repetida

 Ayer nomás fui a visitar a una amiga. Una de las casi únicas visitas del año. En persona nada desde marzo, por eso fue una gran alegría. Cuestión que almorzamos pollo con papas fritas y para la merienda un budín de peras que preparé esa misma mañana y para beber una limonada con menta y jengibre, obra de mi amiga. Todo estuvo perfecto. Para el regreso a casa traía de vuelta una mermelada casera de naranjas y dos plantitas que estaban reservadas para mí. Cuando ya esperaba el colectivo para volver ella me pidió la receta así que hace un rato la escribí y se la envié.



También aquí quiero dejar la receta. No tiene nada original, pero un día alguien podría preguntarse que tipo de recetas cocinaba y me gustaría que hubiera alguna respuesta. Esto porque vivimos unas vidas muy anónimas donde además se nos incentiva a que hagamos cosas que nos gusten por nosotros y para nosotros, y que las disfrutemos sin esmerarnos por nadie más. A mí ese mensaje tan superador me confirma siempre el desinterés de muchos por los intereses individuales ajenos. Claro que hay muchos otros – amigos y familiares principalmente – que si manifiestan curiosidad por saber qué y cómo hicimos. Afortunadamente esas personas existen y te piden la receta, quieren ver cómo te quedó la artesanía, piden direcciones para conseguir materiales o ingredientes y hasta aceptan que se les muestren todas las fotos de aquel viaje. Y en compensación, muestran sus obras, comparten sus logros, te cuentan sus paseos y te convidan exquisiteces preparadas para ellos y para los demás.




Quién sabe, un día lejano, uno de ellos recuerda y quiere recuperar el sabor de una merienda que compartimos. 

miércoles, 2 de diciembre de 2020

011 - Hechos - Empieza Diciembre

Es complicado decir que este ha sido el peor de los años que recuerdo. Sin duda es el más raro. Y no termina. Y sigue.

No quiero que se acabe sin hacer algunas cosas antes; ya que no hubo viajes, ni muchas idas a trabajar, ni actividades extraordinarias. Solo estar en casa, trabajar a distancia y tratar de mantener la salud. Y, como me niego a dejarlo terminar así, anónimamente, quiero que quede constancia de algunos pequeños eventos de este mes: el último.

Es un mes que termina siempre con las fiestas: Navidad y Año Nuevo. Muchas personas no sienten que sean importantes, ni que sean nada. Pienso que es un poco de temor a enfrentarse con la soledad. Y lo digo precisamente porque siempre han sido para mí sinónimo de familia y reunión y al paso de los años la familia de hace más chica y las reuniones infrecuentes.

Entonces, empecé con una pequeña obra de artesanía para adornar con estilo navideño, solo para mí, ya que no habrá reuniones en casa. Rescaté unas tablas de madera prensada que tenía dando vueltas. Estuve mirando en internet y con restos de materiales desperdigados por la casa hice tres imágenes iguales con un esténcil casero. Y me gusta el resultado. Vienen sin reflexión y sin consejos. Creo que no saco ninguna conclusión de esta tarea cumplida. No recomiendo imitarme ni hago apología de las bondades de los trabajos manuales.



Estos últimos años se han sentido solitarios, si bien ir a trabajar me ha permitido pasar por alto el hecho de que acá estoy, y de que los demás están por ahí. Así que estos arbolitos que no tienen nada de vegetal y sí mucho de cinta están de acuerdo conmigo. 

viernes, 14 de agosto de 2020

010 – Hechos – Rosas y rosales

 Años antes de ir a vivir a mi casita ya conseguí podas de unos rosales muy lindos de una vecina de la casa de mi mamá. Las puse en agua un tiempo y las ramitas que prendieron pasaron después a dos macetas, adonde esperaron años hasta encontrar su lugar definitivo en el jardín.

2012 - de los mejores años

Además, paseando por el Jardín Botánico de la ciudad de Córdoba me sorprendí admirando un rosal con incontables rosas blancas, bastante sencillas. Había un cartel que decía: Rosa Iceberg. Con esa información pregunté en un invernadero y descubrí que tenían, por lo que compré una planta que también está ahora en mi jardín. Y, en 2009 fui a la ciudad de Salta y me encontré caminando en una avenida con rosales iceberg enormes en el cantero del medio, una belleza absoluta.

En casa no tengo ningún jardín maravilloso. Deja mucho que desear en realidad y no siempre está cuidado o libre de hojas secas, pasto amarillo y plantas no bienvenidas y con espinas. Pero los rosales son una fuente de rosas casi todo el año, con sus épocas de esplendor: en octubre cerca del día de la madre y otra vez en otoño. Y la rosa iceberg ha tenido oportunidad de lucir tantas flores juntas algunas veces como para detener a los transeúntes en la vereda. Aunque en este momento no es una planta muy linda. Hay años y años.



Rosas Iceberg en su mejor época - noviembre de 2012

No se si pueda explicarlo. Es por estas plantas y por esas flores inagotables que siento que mi casa es mi hogar. Supongo que cuando se trata de lugares específicos siempre hay algo particular que consideramos una extensión de nosotros. Quizás alguien sepa mejor.

Fuente inagotable

jueves, 6 de agosto de 2020

009 – Hechos - Febo asoma – y la vez que actué en la escuela

Actuar no es lo mío. Tampoco soy un animal o un árbol, ni siquiera otra persona. Esos ejercicios de imaginación están fuera del alcance de mi cerebro. En la escuela, tanto tiempo atrás, las opciones expresivas eran mínimas. En los actos, o leer una poesía, o participar de una danza folclórica grupal, las chicas vestidas de paisanas o de damas antiguas.

Hasta que en cuarto grado la maestra quiso lucirnos en una representación de la muerte del Sargento Cabral en beneficio del General San Martín, a las puertas de un convento en la Batalla de San Lorenzo. Esta representación se realizaría acompañada por la música de la Marcha de San Lorenzo que va narrando cuidadosamente los hechos heroicos: sale el sol, se escuchan ruidos, avanza el enemigo, y así.

La primera frase de la marcha es “Febo asoma, ya sus rayos iluminan el histórico convento”. Es decir: ¡Febo! ¡Febo! ¿Hay algo más inexplicable? La señorita nos dijo que Febo era el sol. Cuestión que, entre las opciones actorales de la representación, se incluía a un participante que saliera primero sosteniendo un “sol”, dibujado en cartulina por ejemplo. Por algún deseo inédito de participar, y no quedar demasiado comprometida en algo superior a mis fuerzas, me ofrecí ahí nomás a ser El sol del evento. A continuación se repartieron los demás papeles, San Martín, el sargento, los granaderos, los españoles. No recuerdo si había más. Mi parte, libre de diálogo, interacciones y mayores despliegues solo consistía en pasar caminando alrededor de la escena, sin apurarme y sin llamar demasiado la atención. Esa era la participación ideal para mí.

Pensé, o se le ocurrió a mi mamá, que en lugar de levantar un dibujo, podía ponerme un sombrero con rayos. Lo construimos con cartulina y papel dorado. Y todavía mejor, con una tela amarilla, mi mamá hizo una especie de túnica con la que quedé encantada.

Eclipse de sol - ilustración de 7mo grado
Eclipse de sol - 7mo grado - lápices de colores

Estuve muy feliz con mi incursión teatral. Creo que fue la única. Antes de eso, me había tocado bailar alguna chacarera o algún pericón pero como partícula indiferenciable de un grupo grande.  

lunes, 3 de agosto de 2020

008 – Hechos – El cuento del ahorro


Cuando era chica se hablaba mucho de ahorrar como una responsabilidad individual y social que era bueno cultivar desde la infancia. Se enseñaba el ahorro en la escuela, los programas de televisión le dedicaban segmentos y se llamaba a expertos que daban cuenta de su importancia.
Mis padres también favorecían esa práctica en muchos sentidos. Especialmente me acuerdo del detalle de tener alguna ropa más linda en reserva, es decir casi sin usar, para que no faltara en ocasiones especiales, como una visita, una fiesta o una consulta médica. Era la ropa de salir. El ejemplo era tener en cuenta a aquellos que cada día usan toda la ropa que tienen y cuando hace falta de verdad, todo está viejo y gastado.
Otro detalle es que realmente no me daban dinero, por lo que ahorrarlo dependía de algún regalo de otro familiar. Y la costumbre no estaba muy establecida en mi familia. No obstante los ingresos tan pequeños, yo no tenía muchas referencias y creía estar ahorrando bastante. Por eso, a los 9 años más o menos, tomé mis ahorros y decidí gastarlos en una juguetería que estaba en una avenida principal cercana a casa. Me encantaba aquel lugar aunque no tenía el recuerdo de haber entrado a recorrerlo. Sí, de haber visto filas de cajas de muñecas preciosas desde afuera.
Con toda la fe en mis ahorros, recuerdo que fui allá una tarde de sábado acompañada de mi hermano menor. Recorrí los estantes mirando los juguetes y viendo, por primera vez, cuanto costaban. Dí muchas vueltas ahí adentro sin poder elegir lo que quería llevarme. No porque tuviera algún juguete ya seleccionado, sino por la conciencia repentina de que los precios superaban mis posibilidades en casi todo.

La Amiga de los Pájaros - Ediciones Susaeta s.a.

Terminé eligiendo un librito de cuentos que no era nada de lo que me imaginaba comprar mientras ahorraba. Lo leí y releí innumeras veces. Los cuentos no eran feos, y había mucho texto. Pero lo que finalmente entendí mediante la decepción de aquella compra fue que el concepto del ahorro, y sus ventajas, era apenas pedagógico: No creas en las maravillas que te describen los que quieren obtener el resultado de un comportamiento.
Actualmente sigo siendo una persona ahorrativa, pero, por suerte, sin ilusiones.